Es una de las manifestaciones de un mal conocido como feísmo, poco estudiado, mal diagnosticado y con terapias que arrojan resultados modestos: son las casas sin acabar y están repartidas por todo el territorio gallego. En todas ellas el proceso constructivo se extinguió en cuanto fueron habitables y sus propietarios dejaron para mejor ocasión el recebo de la fachada o su pintura.
Políticos y arquitectos exponen razones que van de lo obvio a lo metafísico. Pero si se pregunta a los propietarios, la contestación es prácticamente invariable: «¿Que por que non recebo a casa? Pois porque non teño cartos», responde el dueño mientras frota el índice y el pulgar.
No existe un censo de casas inacabadas en Galicia, aunque la mayor parte de ellas se encuentran en situación irregular con la entrada en vigor hace cinco años de la Lei do Solo. Sin embargo, esa circunstancia no ha servido para que centenares de propietarios aceleraran los trámites para finalizar la construcción con el recebo y la pintura del inmueble. Muchos explican que, desde que entraron a vivir en sus casas, las inversiones en la vivienda fueron destinadas a la mejora del interior o a reparaciones, quedando siempre relegada la cobertura exterior.
A pesar de la obligatoriedad que el propietario tiene de finalizar la construcción en un plazo determinado por la licencia que expende el Ayuntamiento, muchas de estas viviendas que han agregado el rojo ladrillo al paisaje gallego llevan levantadas más de veinte años. Según confirman los propietarios, solo en muy raras ocasiones han recibido avisos o indicaciones por parte de la Administración, normalmente la local, para rematar la construcción.
Recebar y pintar una vivienda tipo en Galicia, en función de sus dimensiones, puede suponer un coste de entre 5.000 y 12.000 euros, una cantidad suficiente como para que se note a la hora de ajustar a la baja el presupuesto de la construcción y para desestimarla una vez que ya se ha entrado dentro de la casa. El resultado está a la vista por todo el país. Y la coyuntura económica no hace prever que las cosas vayan a cambiar mucho a corto plazo.
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