Dice que no tiene una concepción elitista de la cultura, y que un profesor de Estética encuentra «signos interpretables y maravillosos» en cualquier realidad
Su abuelo «obligaba» a todos los nietos a nacer en la casa patrimonial y todos tenían que llevar el «José» incrustado en el nombre. Alberto José Ruiz de Samaniego (Fene, 1966), coruñés de corazón, dirige desde hace poco más de un año la Fundación Luis Seoane de A Coruña.
-No es poca la responsabilidad de alguien que tiene que convertir una fundación dedicada a una persona concreta en un espacio vivo...
-Creo que el mejor homenaje que se le puede hacer a Luis Seoane es seguir trabajando en torno al presente. Si algo caracterizó a Seoane fue que era un hombre absolutamente atento a las realidades plásticas y a los movimientos culturales de su tiempo.
-¿Quizás las fundaciones solo de homenaje pueden fracasar?
-Ya lo decía Adorno, es la cercanía entre museo y mausoleo. Si optas por esa vía, en cierta manera petrificas un pensamiento. Cristalizar una obra, mantenerla imperturbable y no abrirla a otras conexiones sería desaprovechar muchísimo un potencial enorme.
-¿Y qué criterio se aplica para revitalizarlas?
-Hay dos o tres vías. Una es trabajar sobre una realidad próxima. Seoane se caracterizó por impulsar una identidad gallega de la cultura. Pero otra gran vía, la más activa es, justamente, plantearse reflexiones y exposiciones en torno a grandes hitos de la modernidad que caracterizaron un poco la evolución de las artes y la cultura de los últimos cincuenta o cien años. Seoane es uno de los pocos grandes artistas gallegos que estuvo siempre muy atento a la realidad de su tiempo.
-¿Ese espacio condiciona lo que una fundación como esta puede ofrecer?
-No tengo queja por el espacio. Uno de los grandes tópicos de los directores de museos y centros de arte contemporáneo es que, muchas veces, el espacio es demasiado impositivo o está pensado desde un punto de vista meramente arquitectónico y no favorece la funcionalidad. Pero aquí no es el caso, la confluencia es muy buena.
-¿En un mundo globalizado, podemos seguir hablando de arte solo gallego?
-Son tiempos muy distintos. La evolución del planeta en los últimos treinta o cuarenta años es brutal. Pasolini, ya en los sesenta, se lamentaba de la desaparición de toda una época. Nosotros, que hemos surgido en esa década, hemos nacido ya a partir de ese desmantelamiento. Hablar de identidades a estas alturas es un discurso que no es funcional. Posiblemente, lo que haya son identidades mucho más transitorias y polivalentes.
-¿Los centros de arte gallegos se complementan o compiten?
-Hay un punto de contacto muy claro y una relación fraternal con el CGAC de Santiago o el Marco de Vigo. Es bueno que cada uno marque una personalidad específica y, en ese sentido, se ha logrado.
-¿Y tenemos propuestas suficientes o hay sitio para más?
-Lo que hay es suficiente; se necesita un proceso de diversificación en centros más específicos y mucho más ágiles.
-¿Y quién debería pagar, dinero público o privado?
-Debemos aprender del modelo anglosajón, optando por una articulación híbrida.
-Es curioso: lo primero que montan las grandes fortunas siempre tiene que ver con el arte, como si fuera un refugio para lavar conciencias...
-Y debemos pedírselo. El puro capitalismo salvaje está en crisis, se exige una suerte de humanización del capital que, indudablemente, tiene que circular a través de la expresión cultural.
-Usted es profesor de Bellas Artes en Pontevedra, me llama la atención el adjetivo, como si hubiese artes feas...
-Es una herencia de la Ilustración, a los franceses les gusta ornamentar mucho no solo su cocina [se ríe] sino sus propios productos. Pero es significativo que, en el momento en que nace el concepto, la evolución del arte comienza a indagar en territorios que no son los de la mera belleza formal. El concepto clásico de belleza se ha ampliado.
-¿La belleza es subjetiva?
-Eso es cuestionable, fue una de las cosas que más preocupó a Kant. Lo que sí es innegable es que el concepto de belleza es uno más, entre otras posibilidades.
-¿Alguien tan inmerso en el arte como usted es capaz de disfrutar de las cosas cotidianas?
-Si para algo sirve el arte es para hacer la vida más real, no hay diferencias entre la vida y la cultura.
-¿Vería, por ejemplo, una película del gobernador de California?
-Me veo de todo, todo profesor de Estética es un lector de signos, y uno encuentra signos interpretables y maravillosos en cualquier realidad. Soy de amplias tragaderas, no tengo una concepción elitista de la cultura. Lo mismo leo a Beckett que a Agatha Christie, o me veo una película de vaqueros o de género que a James Benning.
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