Verín, con la mayor tasa de paro de la provincia, busca en Europa acercarse a ?Chaves para recuperar el impulso económico tras el cataclismo de la construcción
Nadie en el pueblo muestra mucha confianza en el futuro. Es el primer diagnóstico que puede extraerse hablando con sus vecinos. Todos recuerdan tiempos mejores y la mayoría entienden que los jóvenes tengan que salir del pueblo para encontrar empleo. La mayor fuente de trabajo era la construcción, que un mal día se paró por completo en cuanto las normas subsidiarias fueron tumbadas por la Xunta. Desde entonces, el siempre robusto índice de desempleo local lidera con holgura las estadísticas provinciales.
Son muchos los que lamentan que la economía de este próspero valle se enfocara hacia el ladrillo y dejara de lado otras potencialidades hasta sumir a la villa en una tranquila depresión de la que solo parece despertar en Carnaval, cuando el pueblo se da la vuelta como un calcetín. No todo ha ido mal, sin embargo, en Verín. La industria vinícola, por ejemplo, ha multiplicado por diez las bodegas que comercializan el vino de Monterrei. O el agua, que se embotella en tres plantas camino de su exportación a los cinco continentes. Iniciativas insuficientes, en cualquier caso, para que el municipio despegue y pueda considerarse próspero.
«El agua es nuestro recurso endógeno más importante», explica desde Bruselas la primera teniente de alcalde Carmen Pardo. Una delegación municipal se trasladó esta semana a Europa para presentar el proyecto de eurociudad que comparten con Chaves y en el que el equipo de gobierno ha basado una parte de sus proyectos de futuro: «Queremos que Europa nos tome como laboratorio», explica la edil, que desgrana un proyecto de futuro en el que los vecinos de Chaves se beneficien de las ventajas sanitarias de Verín, o los verinenses puedan matricularse en la universidad chavense. ¿Utopía? «Sabemos que hay barreras legales, pero creemos que puede elaborarse poco a poco una experiencia positiva en esta eurociudad». Muchos portugueses la han ejecutado por su cuenta; es la única explicación para el vigoroso censo de Verín, una anormalidad en una provincia con tendencia al ahogo demográfico.
Añoranzas del agua
«Hai anos, dicías que eras de Verín e a xente tiña unha referencia. Hoxe, fóra de Galicia, ninguén sabe de Verín». La hiperbólica reflexión sale de Xosé Carlos Caneiro, uno de los ilustres verinenses: «Ves esta terra fértil, o viño, a auga, e pensas que é un lugar con moitas condicións. ¿En que se converteu? Nun lugar de especulación». Caneiro le echa buena parte de la culpa del declive a los políticos locales que ha tenido el pueblo y evoca con orgullo los tiempos en que la burguesía española venía a tomar las aguas y un tranvía unía Verín con el balneario de Cabreiroá. No es el único. La nostalgia de una industria termal que ha despegado en toda Galicia menos en esta comarca, a pesar de tener las mejores condiciones, está presente en la mayor parte de las conversaciones con los vecinos. El Concello lo sabe, Carmen Pardo ansía el efecto multiplicador que genera el turismo, pero admite que es preciso que lleguen inversiones foráneas, un bien escaso y, con la que está cayendo, casi inexistente.
Mientras el futuro se define, la realidad impone sus propios hechos y tanto Caneiro como otros industriales del pueblo apuntan a un negocio oculto pero que genera uno de los mayores intercambios económicos de la zona: la prostitución. La intolerancia portuguesa hace años que sembró la raia de barras americanas que siguen funcionando a pleno rendimiento y que llevaron a Verín a las más altas cotas del clandestino ránking nacional de prostitutas por habitante.
Pero eso, en el pueblo, no se ve. Únicamente se respira la depresión tranquila que precede al Carnaval: dormitar 360 días para vivir cinco de troula sin fin. Al menos hasta que resucite el ladrillo (q.?e.?p.?d.).
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