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Testimonios | DOS CASOS, DOS MUNICIPIOS, DOS SERVICIOS «Las alternativas para conciliar son claramente insuficientes» «El verano pasado fue un infierno, tenía que llevar al niño a la oficina»

Luisa Mahía | Usuaria de un campamento privado en A Coruña JUAN CARLOS ZAMAR | Usuario de los campamentos urbanos de Ames

Localidad:
A CORUÑA| Bertamiráns |
Fecha de publicación:

Doscientos euros sin comedor. Eso es lo que pagan Luisa Mahía y su marido, Fernando, por el campamento urbano al que envían a su hija de 4 años. Desde luego, ella da el típico perfil de usuaria de las más de 1.700 plazas que ofreció el Concello de A Coruña: empleada municipal, profesional de la educación infantil, con horario fijo de ocho a tres y con un marido que trabaja todo el santo día. ¿Y por qué no está la niña en un campamento municipal? «Pues porque las plazas salieron tardísimo. Nosotros preguntamos muy temprano, a finales de abril. Nos dijeron que todavía no estaban convocadas pero que ya nos avisarían», explica con un gesto de fastidio. Y les avisaron, solo que a mediados de junio: «Nosotros no podemos esperar tanto, porque sé que no hay plazas para todos y, claro, no te pueden garantizar que van a cogerte a los niños. Y para nosotros es indispensable tener una alternativa todo el mes de julio. Imagínate que me la aceptan solo la primera quincena, o solo la segunda. ¿Qué hago yo entonces?».

Efectivamente, no hay sitio para todos. A pocos metros del parque donde conversamos está el centro cívico municipal en el que todavía permanecen expuestas la lista de admitidos y la de espera. A primera vista ya se aprecia que la segunda tiene bastantes más nombres . «Las alternativas que hay aquí para conciliar son claramente insuficientes. Yo creo que la Administración todavía está un poco alejada de la realidad», reflexiona Luisa. Según cuenta, tiene dos hermanos; uno vive en Madrid y otro en un pequeño pueblo de Aragón: «Y allí tienen el colegio abierto todo el verano, con unos monitores que se hacen cargo de los niños. Ya ves, resulta que en el pueblo están mucho más adelantados que en las ciudades», se lamenta.

La primera experiencia

El verano pasado la pequeña aún asistía a la escuela infantil, donde es posible mantener escolarizados a los niños durante el mes de julio, así que no hubo problema, ya que la familia disfruta las vacaciones en agosto. Este año, Luisa y Fernando se han encontrado con que el verbo conciliar se conjuga a golpe de 200 euros y sin comedor. El campamento al que finalmente acude su hija durante este mes de julio está organizado por un colegio privado y atiende a la pequeña desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde: «Tienen muchas actividades, muy variadas y muy interesantes; en ese sentido estamos muy contentos».

-¿Le parece caro?

-Depende. Si lo comparamos con los cincuenta euros que me habría costado el campamento municipal, sí. Juan Carlos Zamar deja a su hijo de 4 años en el campamento municipal sobre las nueve de la mañana y lo recoge a las dos de la tarde. Está contento: «Para nosotros ha sido un alivio, relativo, pero un alivio. Sobre todo si lo comparamos con el año pasado, que fue un auténtico infierno». Zamar es de esos trabajadores que no acaban nunca. Y su esposa dedica a la vida laboral seis horas; una semana por la mañana y, a la siguiente, por la tarde. Así que ambos forman una de esas familias de conciliación casi imposible. Viven desde hace tres años en Bertamiráns y no cuentan con apoyo familiar. El verano del 2007, con el niño mayor con 3 años y la pequeña recién nacida, fue, como él dice, infernal: «No me quiero ni acordar. Nos enteramos tarde de la oferta del Ayuntamiento y no pudimos aprovecharla, así que nos vimos obligados a dejarlo en ludotecas, a apelar a algún vecino e incluso a llevármelo de vez en cuando a la oficina». No es extraño que el pequeño se lo esté pasando cañón este verano. Desde que acabó el curso, Zamar ha puesto a su hijo en manos del campamento urbano: «Y se lo tiene que estar pasando muy bien porque cuando vuelve solo quiere comer y dormir».

A Juan Carlos le gustaría encontrar alguna alternativa para que el chaval pudiera estar mejor atendido las tardes que su madre tiene que trabajar. No conoce las que el Concello de Ames tiene en marcha y, de hecho, este verano se enteró de casualidad de los campamentos de verano en los que finalmente inscribió a su chaval: «Quizás deberían hacer un poco más de publicidad de estos servicios, porque son muy importantes y, la verdad, nosotros casi ni nos enteramos». De lo que sí conoce este agente de seguros es de las penurias de otros compañeros que trabajan en Santiago y que se encuentran con el mismo problema que él: «Se vuelven locos -explica-, porque no saben qué hacer y al final les pasa lo que nos ocurrió a nosotros el año pasado».

Juan Carlos asegura no haber utilizado los servicios municipales de conciliación en otras épocas del año. Durante el curso, su hijo se pasa la mayor parte del día en el colegio: «Lo dejamos a las nueve de la mañana y lo recogemos a las ocho de la tarde, porque hay un programa con cuidadoras que están con ellos las últimas dos horas».

-Mucho tiempo en el cole, ¿no?

-¿Y qué vamos a hacer? ¿Dejar de trabajar?

Este verano, al menos, tienen la cobertura asegurada hasta las dos de la tarde. El pequeño Zamar va a quedar bien servido de actividades, aunque seguro que se lo pasa mejor que en la oficina de su padre.

 

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Juan Carlos recoge a su hijo en el campamento urbano de Bertamiráns
Autor de la imagen: | VÍTOR MEJUTO
Juan Carlos recoge a su hijo en el campamento urbano de Bertamiráns
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