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Chabola rica, chabola pobre

La mayoría de los residentes de Penamoa sobreviven con la chatarra y la venta ambulante, en un poblado en el que la droga está en manos de tres clanes

Autor:
Alberto Mahía
Fecha de publicación:

El miércoles, en un distendido encuentro entre vecinos de Penamoa y de Novo Mesoiro, el barrio que con más fervor se levantó contra el realojo, un hombre salió disparado de su chabola para dar una exclusiva: «Acaban de detener al asesino de Mariluz y ¿saben qué? No es gitano». Pudo haber dicho que no toda su etnia vende droga.

La policía coincide con el chabolista. Fuentes de la Unidad de Droga y Crimen Organizado afirman que «los traficantes son solo una parte del poblado». Y dicen más: «La venta de droga en Penamoa se concentra en tres clanes o familias. Es cierto que poseen varias chabolas, con ramificaciones familiares; pero ya están de sobra identificados».

Hablar de este poblado en A Coruña es hablar de un lugar inmundo al que muchos bautizaron como el mayor supermercado de droga del norte de España. Nadie discute que sea inmundo. Pero no todo es droga. Porque la mejor cara de Penamoa es la adicta al trabajo. Es la que menos ruido hace. Es la que vive de la chatarra o de la venta ambulante, principalmente. Son los que cuentan las horas para abandonar un asentamiento que no conoció aceras ni asfalto y que cuando llueve el barro llega a las rodillas. Donde la mordedura de una rata es un accidente doméstico.

Solo la Penamoa buena tiene derecho al realojo, según el gobierno local, que ha trabajado mucho en un censo de población en el que no se coló «ni un traficante». ¿Qué pasará con los delincuentes? ¿Qué harán con ellos? Echarlos, sin más. Eso es lo que les queda, según fuentes municipales. Pues aun así, con la tranquilidad de que ningún traficante tendrá derecho a realojo en la ciudad, no se habla de otra cosa en A Coruña.

En las últimas semanas, la ciudad entera asiste y participa en ese contraste de opiniones entre los partidarios de una visión tajante, proclives a mantener a los chabolistas en donde siempre han estado porque piensan que no sabrían vivir en un piso, frente a la de quienes se expresan desde un enfoque más integrador y lamentan que los gitanos todavía figuren en la historia como los malos del episodio.

Trabajadores

La primera chabola que se ve al entrar en el poblado es la de José María Ríos, un hombre que madruga todos los días para llegar puntual al mercado de frutas. Le produce urticaria «que justos paguen por pecadores». De fe evangélica, Ríos quiere escapar del poblado como del cólera. Pide a los coruñeses y al alcalde que «sepan diferenciar a los buenos y a los malos del poblado, porque no es justo que nos metan en el mismo saco». Este padre de familia numerosa, que cuando no tiene frutas en las manos tiene una biblia, no pide que le regalen un piso. Solo pide que le digan «un sitio» donde vivir con su familia, «que ya me ocuparé de pagarlo». Como Ríos, están los Ramón Borja, Aquilino Borja, Mercedes Barrul, Ramón Barrul... Porque en Penamoa «somos 140 familias y solo tres venden polvo».

Son los que prestan sus iniciales a las páginas de sucesos, los que venden la droga con absoluto descaro. La policía calcula que este poblado es visitado a diario por 200 o 300 drogodependientes. Su acceso es una cuesta de doscientos metros. A lo largo del trayecto se ofrecen jeringuillas a un euro y ansiolíticos. Ya en el poblado, los toxicómanos se dispersan.

Penamoa es un lugar en el que los traficantes obligan a consumir dentro de la chabola -en algún registro policial los agentes llegaron a encontrarse a veinte toxicómanos consumiendo entre basura-. Llama la atención que todos los que venden son mujeres y niños. Los hombres no se ocupan del menudeo. También tienen «esclavos», asistentes payos, normalmente chicas enganchadas, que se ocupan de vigilar, limpiar o lo que se precie a cambio de las dosis necesarias.

 

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