Carlos Jiménez estaba triste. Apoyado sobre un muro, fumando y con un teléfono móvil en la mano, contemplaba cómo derribaban su infravivienda mientras sus vecinos llegaban en taxi con la compra del supermercado.
A varios metros de distancia, en la otra punta del poblado, la chabola ubicada en el número 39 de la calle O Vao de Abaixo era demolida a martillazos. Su dueño, Paulo Jiménez Montoya, ya había abandonado su hogar. Sus vecinos de años, con los medios de comunicación presentes, ironizaban: «¿Dónde están los cuchillos, las pistolas y la droga?». El representante legal de las familias afectadas se quejaba del trato que recibieron los gitanos cuando buscaban un hogar al que mudarse en varios municipios de la comarca pontevedresa.
El único altercado que se produjo ayer fue entre dos grupos de gitanos: unos se oponían a la demolición de las chabolas y los otros pretendían evitar conflictos. Aunque ayer nadie sonreía en O Vao, la vida de muchos no cambiaba. A las ocho y media de la mañana, los niños eran transportados a sus escuelas, y una hora más tarde, como todos los días, llegaba el repartidor de pan. Todos preguntaron por el alcalde, pero el regidor no apareció por el poblado.
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