Acaba de ser designado jefe de los servicios religiosos de la Armada; y no cree que sea el diablo el que pone las balas en una pistola
CAPELLÁN Y PROFESOR DE LE ESCUELA NAVAL DE MARÍN
Con la entrevista hecha -y en formato cuestionario por exigencia de la Marina- salta la noticia: Andrés Alfonsín Marnotes (Piteira de O Carballiño, 1957) será a partir del 10 de octubre jefe de los servicios religiosos de la Armada, un cargo que le cambiará la vida.
-¿Qué fue antes, la vocación militar o el servicio a Dios?
-Primero fue la vocación al sacerdocio como un servicio a la comunidad de creyentes. Dentro de la pluralidad de este servicio pastoral escogí el campo específico de la pastoral castrense dentro de la Armada, igual que otros sacerdotes orientan su labor al campo misionero, docente, sanitario, a los reclusos, la salud...
-¿Dios y las armas no son cosas incompatibles?
-En términos absolutos o teóricos, sí lo son, porque donde estén presentes y vivos los principios evangélicos, no son necesarias las armas. Sin embargo, las limitaciones o debilidades de la naturaleza humana hacen que la coacción, el temor o la amenaza de las armas, disuada a muchos de dejarse llevar por su egoísmo, tratando de imponerse injustamente a los demás. No podemos olvidar que la guerra y el uso de las armas son siempre la triste consecuencia del fracaso de la razón humana, que es el don genuino que nos identifica con Dios.
-Si no estoy mal informado, es usted profesor de tiro. Ser bueno en esto ¿es cuestión de puntería o de corazón?
-A veces, las apariencias engañan. La Armada dispone de excelentes profesionales para desempeñar ese cometido. El hecho de mi presencia y la del médico en los ejercicios de tiro es algo reglamentado desde siempre. Por eso es cierto que, con frecuencia, haya que hacer de «buen samaritano», ayudando en esta tarea a los nerviosos y no iniciados para aportarles seguridad y confianza. Mi función como profesor abarca otras áreas muy distintas, que van desde la Moral y la Ética profesional a la formación jurídica en el campo de los derechos humanos, en especial en lo que atañe a la libertad religiosa y el Derecho Humanitario Bélico para los futuros oficiales de la Armada.
-Cuando tiene la diana delante, ¿piensa en algo o en alguien?
-Primero, en que el tirador no cometa errores que puedan hacer peligrar la seguridad propia y la de los demás. En segundo lugar, cuando yo soy el tirador, cosa que hago en algunas ocasiones, es para retar a los mandos y ver quién paga los refrescos o el café a los alumnos.
-¿Es cierto que las armas las carga el diablo?
-Le respondo con una frase del coronel Patricio, de Infantería de Marina, que fue quien me enseñó el manejo de algunas armas. Decía él: «Las armas las cargan los humanos y se les disparan a los ignorantes».
-La Iglesia no deja de hablar de crisis de valores. ¿Les afecta también a los militares?
-La Iglesia no hace más que constatar una realidad de la sociedad, en especial la occidental, que podemos comprobar en la vida diaria. Esa falta de vivencia de valores también afecta a los jóvenes que se preparan para ser, un día, oficiales de la Armada, pues ellos proceden de los más diversos estamentos de la sociedad española. Sin embargo, la función de la Escuela Naval Militar es, precisamente, formarlos en esos valores que los capaciten para la difícil tarea del ejercicio del mando como servicio. Sin tales valores, nunca podrían desempeñar eficazmente su misión.
-¿Qué le emociona más, un desfile o una procesión?
-Ambos acontecimientos tienen en común el hecho de ser actos públicos. Pero, en mi caso, provocan emociones muy distintas. En los desfiles militares, además del colorido y la vistosidad, se realzan la marcialidad y la destreza, el orden y la disciplina, que son cualidades que expresan externamente el espíritu militar. Las procesiones, en cambio, son la expresión externa y manifestación pública de un sentimiento interno que dimana en la fe. Los desfiles me provocan sentimientos de admiración; las procesiones, una emotiva vivencia de la fe.
-¿Hay alguna guerra santa?
-La guerra y la santidad, para un cristiano, son dos sentimientos contrapuestos. Considero, sin embargo, que en una guerra en la que la población civil corre el riesgo de sucumbir ante el ataque de un injusto agresor y de nada han servido los esfuerzos políticos o diplomáticos, el militar tiene el deber de detener y desarmar al agresor, para así restaurar la justicia, que sería el primer paso para la santidad.
-¿Hace vida familiar?
-Como sacerdote, he renunciado libremente a crear una familia propia. Pero sí tengo un entorno familiar al que me siento fuertemente unido por vínculos de sangre: mi madre tiene ya 93 años. Y yo soy el más joven de cinco hermanos varones más otros dos «hermanos» que mis padres recogieron en un orfanato y que educaron como a sus propios hijos. Pero creo que todo sacerdote va construyendo su propia familia con los feligreses a los que presta su atención pastoral.
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