Catorce damas y 267 vidas

La biografía también puede ser literatura de octanaje, con rigor o con humorísticas píldoras, sin dejar de lado la inteligencia. Sainte-Beuve y Baroncelli son ejemplos de esa sabrosa oposición

23/09/2016 10:52

Más allá de la elección de Sainte-Beuve (y lo que representa su personaje de autoritario juez, censor, prescriptor) por parte de Proust para expresar cuál y cómo era su cruzada contra el Ancien régime literario, contra el imperio de lo biográfico, la historia y el naturalismo, hay valores en la obra de Charles-Agustin Sainte-Beuve (Boulogne-sur-Mer, 1804-París, 1869) que no es caprichoso rescatar. Su conocimiento, su capacidad de análisis, su sensibilidad estética, sus relaciones, su talento para el retrato, el rigor de su crítica, su erudición, su sentido de la misión e incluso su [delicado] yo interior hacen de sus escritos una fuente de gozo para aquel lector que ame los fastos de una Francia cortesana en la cima de su esplendor. Eso es lo que encontrará en buena medida en este ramillete de textos de Retratos de mujeres, volumen que recoge catorce aproximaciones a otras tantas figuras femeninas que vivieron entre el siglo XVII y mediados del XIX. Es la Francia que cultiva en los salones nobles la cultura clásica, la exquisitez de la conversación y la confidencia, la más refinada ociosidad, los juegos del amor, el enciclopedismo, la política y los encantos de la inteligencia. En estas semblanzas, Sainte-Beuve excede el puro historicismo y trata de penetrar con la ayuda de su pionera lucidez psicológica y su intuición (y también su imaginación) en las interioridades de estas excelsas damas, que son un patrimonio de la Francia que se sabe cuna primorosa de la civilización. Cuando le preguntan por tan empecinado empeño, alude escurridizo a un argumento del gran Goethe: «Sería una historia interesante escribir la suya [de Madame de Tencin] y la de las mujeres célebres que regentan los principales salones de París en el siglo XVIII, tales como Madame Geoffrin, Du Deffand, Mademoseille de Lespinasse, etcétera; saldrían a la luz detalles útiles para el conocimiento tanto del carácter y de la inteligencia franceses en particular, como también del espíritu humano en general, pues tales particularidades se hallan relacionadas con unos tiempos igualmente honorables para el uno y para la otra». Y, sí, ahí están las vidas de Madame de Sévigné, De La Fayette, Récamier, De Pompadour, De Staël... Toda una historia del salón literario.

Brevedad, levedad

Mucho más breves son las semblanzas que el profesor de literatura Eugenio Baroncelli (Rávena, 1944) reúne en Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos, que presenta a 267 personas en un ingenioso volumen edificado alrededor de los gestos de personajes históricos (también anónimos o quizá de ficción), en torno a una anécdota, y que humedece su leve pincelada en el cuenco de la ironía. Si es verdad que evita la profundidad de Sainte-Beuve, porque no persigue la defensa chovinista de un solemne patrimonio cultural, Baroncelli se mueve (para sus revisitaciones) en un arco temporal mucho más amplio, que va desde la antigüedad clásica hasta la contemporaneidad y en unas motivaciones que tienen más que ver con el humor, el entretenimiento y la divulgación.

El recurso humorístico no hace caer, por ello, al autor en la escritura imprecisa. El origen de esa impresión de azar que va dejando la lectura quizá se explique en su aspecto fragmentario, en su carácter de miniatura, en su aparente frugalidad. Pero es verdad que su estructura invita a disfrutar el libro como en un fugaz picoteo, que igual se practica en el restaurante, en la sala de espera del dentista, que en la cola de la panadería o en un viaje en autobús.

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