Apología de la sencillez


23/09/2016 05:20

JOSÉ BARREIRO | Luis Buñuel está en Los Ángeles presentando El discreto encanto de la burguesía cuando recibe una sorprendente invitación para comer firmada por George Cukor. «Irán también varios amigos», afirma la nota. El director aragonés no podía imaginar que algunas deidades de la historia del cine supieran de su existencia, mucho menos que tuvieran la ocurrencia de organizar un encuentro en su honor. Al terminar la comida, alguien llamó a un fotógrafo de prensa. El retrato de familia resultante contiene el mayor número de obras maestras que jamás se hayan reunido en una fotografía: Hitchcock, Robert Wise, George Stevens, Rouben Mamoulian, Billy Wilder, Cukor, William Wyler y, por supuesto, el propio Buñuel. John Ford se había retirado, indispuesto, un poco antes de hacer la foto y Fritz Lang, con ochenta años, estaba demasiado fatigado para arrastrar su monóculo y acudir al evento. En la esquina de la imagen, al lado de Wyler, hay un joven con gafas llamado Robert Mulligan. Diez años antes había dirigido a uno de los iconos de la cultura norteamericana, comparable al Huckleberry Finn de Twain o a la ballena blanca de Melville. Se trata de Atticus Finch, el abogado de Matar a un ruiseñor. En pocas ocasiones el héroe cotidiano supera al héroe épico con la contundencia devastadora que demuestra aquí el personaje interpretado por Gregory Peck. Atticus Finch, sin levantar jamás la voz, nos enseña que los mayores pleitos son siempre con uno mismo. La templanza y la serenidad que demuestra a lo largo de esta reflexión sobre la integridad y la dignidad individual van cargando la historia de emoción hasta desembocar en un Chernóbil de escenas inolvidables. Sirva como ejemplo la potencia cinematográfica que posee la aparición de Boo Radley, la leyenda gótica del pueblo que salva la vida a la hija pequeña de Atticus. Nunca hubo nadie tan indefenso y al tiempo tan decisivo como Boo Radley. Por supuesto que la película se ocupa de temas como el racismo, la justicia, la paternidad o el mundo de la infancia, pero me gusta pensar que Matar a un ruiseñor es, ante todo, un alegato a favor de la modestia. La de la propia película, la de Mulligan, que en ningún momento llama la atención sobre sí mismo, y la del protagonista, al que la evocadora voz en off de su hija describe de manera insuperable: «Atticus Finch no hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie. No cazaba. No jugaba al póker. No pescaba. No bebía. No fumaba. Se sentaba y leía».

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