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«El lector es capaz de soportarlo todo si cree lo que le cuentan»

Considerada la mejor novela del 2015 por los más prestigiosos medios de EE. UU. y el Reino Unido, «Tan poca vida» se ha convertido en un fenómeno literario que ha catapultado a la fama a Hanya Yanagihara.


23/09/2016 10:52

Tardó solo 18 meses en escribir Tan poca vida, un novelón de más de mil páginas. Explica que lo hizo con rapidez porque antes de empezar «ya conocía el mundo de los personajes y lo que quería decir, vivían tan dentro de mi cabeza que fue más fácil encontrar las palabras». El protagonista es Jude, un abogado de mucho talento, reservado y atormentado, traumatizado por los abusos que sufrió siendo niño. Para crear el ambiente perturbador de la novela, Hanya Yanagihara (Los Ángeles, 1975) se ayudó de una serie de fotografías y cuadros de artistas como Diane Arbus, Ryan McGinley, Geoffrey Chadsey o Todd Hido, que según la autora, se caracterizan por «llevar a cabo un saqueo psicológico». Amistad, amor, pederastia, autolesiones, abandono componen esta demoledora disección del alma masculina.

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-Prescinde deliberadamente de cualquier referencia a acontecimientos sociales o políticos. ¿Por qué?

-La narración ocupa mucho tiempo, unos 30 años, pero he omitido los hechos temporales, no hablo, por ejemplo del 11 de septiembre o del sida. Todas las cosas que marcan las novelas contemporáneas ambientadas en Nueva York no están en este libro. Al quitar el factor temporal lo que hago es atrapar a los lectores en el universo emocional de los personajes. En otras novelas uno piensa que tal personaje actúa así porque tiene el sida o porque ha habido una crisis financiera. Al contrario, lo que yo hago es dibujar unos personajes y ver cómo reaccionan frente al pasado y a su amistad. Cuando quitas el factor tiempo consigues que el lector no tenga nada a lo que aferrarse, que no se pueda separar de los personajes. Solo puede fiarse de lo que le cuenta el autor. También quería transmitir sensaciones físicas, lo desagradable que puede ser el cuerpo y eso no aparece mucho en la ficción contemporánea. No estoy segura de por qué. En las obras de Dickens había descripciones físicas sobre cómo se va deteriorando el cuerpo. De pronto, eso desapareció en la literatura. En mi novela el cuerpo es un lienzo. Pero no quería ser muy bestia en la descripción corporal.

-Pero el editor le pidió que excluyera algunas escenas de autolesiones, violaciones y violencia extrema porque el lector no sería capaz de soportarlas.

-Siempre he dicho que este libro está al margen de la literatura norteamericana actual. Es muy melodramático, muy excesivo, no es educado ni políticamente correcto. Mi intención era llevar la violencia al límite y que la exageración se extendiera a todo, al amor, la piedad, el horror, la empatía. Cuando le enseñé el manuscrito al editor, me dijo que había demasiada violencia y que el lector no la iba a soportar. Discutimos sobre cuánto es capaz de soportar el lector. Creo que un artista no tiene por qué anticipar qué puede soportar el lector. Es una pérdida de tiempo. Un lector puede soportarlo todo, siempre que considere que lo que cuenta el autor tiene un sentido, que no lo hace para sorprender, sino que cree en lo que cuenta. Luego el lector es libre de echarse para atrás porque piense que hay demasiada tensión.

-¿Cómo ha logrado introducirse en un mundo de hombres con tanta profundidad?

-Siempre ha habido figuras masculinas a mi alrededor, las he observado y me resultan fascinantes porque hay ciertos rituales de masculinidad, sean gays o heteros. Limitar lo físico, no dar abrazos ni besos, no expresar las emociones. Me di cuenta de que era habitual en los hombres. Las mujeres se sueltan más fácilmente. Los hombres en general en la mayoría de las culturas, pero sobre todo en la occidental, tienen una incapacidad para expresar los sentimientos de vulnerabilidad y de vergüenza. No hablan entre ellos de eso.

-¿Cuál es su relación con el dolor físico? ¿Es cierto que su padre, que era médico, la llevó a ver una autopsia?

-Sí. Mi padre era oncólogo y trabajaba con enfermos terminales. La idea de la muerte, la desintegración del cuerpo siempre fue, desde muy pronto, un tema que se debatía en mi casa a fondo. Hablaba con mis padres sobre las formas en que se va desintegrando el cuerpo, por la enfermedad, virus o accidentes y hasta qué punto el cuerpo intenta recuperarse aunque la mente no quiera. Muchas personas que sufren dolor físico experimentan un doble dolor, el físico y la incapacidad para describirlo. Por eso cuando un médico habla con un paciente le dice que puntúe cuánto dolor siente en una escala del uno al diez. Yo quería que Jude retara esa idea.

-Usted asegura que los hombres están mucho menos preparados para superar los abusos que las mujeres.

-Los abusos en sí mismos no me interesan, sino los efectos que provocan a largo plazo, especialmente en los hombres. Desgraciadamente a todas las mujeres sus padres las preparan de alguna manera para afrontarlos. Las mujeres son conscientes de que pueden sufrir una agresión sexual. A los chicos no se les da la misma educación aunque son muchos los que los sufren. Cuando las mujeres sufren abusos suponen una verdadera humillación que les deja impotentes, pero no se sienten despojadas de su feminidad. Pero cuando les sucede a los chicos es distinto, sienten que les han robado su masculinidad. Pienso en algunos amigos míos que han sido objeto de abusos sexuales y me sorprende esa incapacidad para expresar lo que sienten. También les pasa a muchas mujeres, pero las razones son distintas. Las mujeres sienten vergüenza, pero los hombres sienten que les han arrancado algo, que ya no son tan hombres. Y es muy difícil intentar luchar contra esa sensación.

-En el libro pone el foco en la amistad...

-La idea de que la amistad es una relación primaria era muy importante en el siglo XVIII, la idea de que el amigo es la primera persona importante en tu vida se repetía una y otra vez en la literatura, es la persona a la que te abres, a la que dices así soy yo. La amistad no es tan importante hoy en día, es una relación menos valorada, porque no tiene que ver con la ley, con el sexo, supera cualquier tipo de normativa. Es una persona a la que has elegido y lo único que te une a ella es la voluntad de compartir cosas. En el libro hablo de unas relaciones en las que la amistad es lo más relevante. En Nueva York esto se da con más frecuencia, porque mucha gente llega allí para borrar su pasado hasta cierto punto, huir de su familia y crear una familia nueva con personas con intereses similares, crear algo duradero en el tiempo, una tribu propia.

-Un crítico dijo que «Tan poca vida» es «una gran novela gay». ¿Qué le parece?

-No suelo leer nunca las críticas. Entiendo cuál es la razón de esa definición, porque la novela tiene una estética queer, todo lo que asociamos con el movimiento gay. Para mí es un honor y una alegría que tantas personas que se identifican como gays se hayan visto de alguna manera reflejados.

-Existe lo que se llama la gran novela americana?

-Creo que sí, aunque todo el mundo tiene una idea distinta de lo que es. Para mí es una novela que tiene que desarrollarse en grandes ciudades, representativas de la vida estadounidense y de la obsesión por el éxito. Los americanos están obsesionados con lograr el éxito, incluso en los libros para niños se trata de educarlos para que logren el éxito, para que sean ricos. Ningún país está tan obsesionado con el éxito. La verdadera novela americana es la que reta y contradice esa obsesión.

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