A Alonso se le escapaba la sonrisa una y otra vez. Algo inusual en quien acaba de perder un Mundial. Pero lo acontecido ayer vino a dar la razón al asturiano y a quienes han sostenido siempre que es un piloto con mucho más cuajo que el imberbe Hamilton. Dennis tenía la esperanza de consumar su gran sueño, el de un Lewis campeón, un ganador prefabricado por él mismo y que ha tenido el mayor apoyo del que jamás dispuso un piloto del mundial. Mientras Alonso se buscaba la vida con su padre y con su kart corría en los circuitos gallegos, a Hamilton lo apadrinaba uno de los gurús del circo de la fórmula 1. El enfrentamiento entre Alonso y el inglés ha sido la reedición del clásico choque vital entre quien se hizo a sí mismo y quien siempre tuvo todas las puertas abiertas.
De no ser por la vanidad de Dennis ?un título de Hamilton era como si lo hubiera ganado él? el asturiano se habría proclamado tricampeón. Por eso sonreía a pesar de que el título fue a parar a Raikkonen. Desde el día en que el británico reconoció que McLaren luchaba contra Alonso, todo estaba dicho. La persona que da las órdenes a los ingenieros, la que decide sobre el sueldo de todo el equipo, quien suministra las ruedas, la tecnología, los caballos de potencia; el hombre que manda cuánta gasolina hay que cargar y cuál debe ser la presión de los neumáticos, se había posicionado. A partir de ahí, su discurso sobre la igualdad se hizo añicos.
Ayer, hubo dos vencedores, Raikkonen y Fernando Alonso. Y dos perdedores, Dennis y Hamilton. Pero mucho más el primero, un soberbio; que el segundo, un niño maleducado.
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