En el viejo presidio de los galeotes sin remo

FERROL

Los penados condenados a trabajar en la construcción del Arsenal no vivieron, en el siglo de las Luces, días mucho más felices que los que les habrían tocado en suerte bogando a la fuerza en las últimas galeras del rey

01 feb 2010 . Actualizado a las 15:08 h.

Más allá de esa particular forma de la nostalgia que es la que nos hace añorar alguna vez a todos, como si se tratase de una cosa perdida, buena parte de lo que jamás vimos, tienen toda la razón ustedes cuando hacen ver que en el llamado siglo de las Luces tampoco ataban los canes con longanizas. Y, si alguien lo duda, puede preguntarle a cualquiera de los espectros de los penados que cumplieron condena en San Campio. En el edificio, ya saben, que hoy ocupa el Museo Naval. Gentes que se libraron de bogar como forzados en las últimas galeras del rey, pero que no por ello corrieron mucha mejor suerte.

Los testimonios de aquel horror (tanto los relatos que pervivieron por escrito como los que la memoria popular ha traído hasta nuestro propio tiempo) no dejan lugar a duda. Labores como la de bombear agua salada hasta el último aliento, hicieron de aquellos hombres, llegados a Ferrol de todos los rincones del reino, auténticas víctimas de la justicia de una época en la que Ilustración no siempre fue sinónimo de progreso. Eran unos galeotes más. Galeotes sin remo, si se prefiere decirlo de esa otra manera, pero al fin y al cabo prisioneros de un destino tan cruel como el de los que bogaban amarrados al durísimo banco, bajo la inquisidora mirada de los cómitres y de sus fustigadores ayudantes. Personajes aquellos, tanto los que dirigían la boga como los que los auxiliaban golpeando a quienes caían agotados, pertenecientes, por derecho propio, a la miserable casta que las personas decentes dieron en llamar aquí, como a los verdugos, «xente da tralla».

Vuelven a salirnos ramas

Hablando, por cierto, de galeotes, y si se nos permite la digresión -es decir, si no les parece mal que también hoy nos vuelvan a salir ramas-, convendría recordar que en pleno siglo XVIII, cuando el Arsenal de Ferrol, alzado en buena parte a fuerza de sudor esclavo, admiraba al mundo, continuaba habiendo galeras en la Armada de España, por más que su uso, principalmente, no fuese más allá que el de servir de pontonas flotantes en las que alojar a los condenados. Aunque más de una vez navegaban, claro. Puede que bastante más de lo que hoy pensamos. En 1748 el llamado Cuerpo de Galeras todavía existía como tal, y gozaba de una notable autonomía en la Armada. Y en el astillero de Mahón aún se botaron galeras con el siglo casi terminando: concretamente en 1787, en 1789 y en 1794, años en los que se lanzaron al mar, respectivamente, la San Antonio , la Santa Bárbara y La Nueva . Los tribunales españoles condenaron a galeras hasta 1803, cuando se suprimió definitivamente la pena. Los últimos forzados aún tardaron varios años más en recobrar la libertad.

Pero volvamos a tierra firme, dejemos de desviarnos. Permitamos que descansen en paz los últimos galeotes de la Armada y dirijamos la mirada hacia quienes vinieron a Ferrol creyendo, quizás, que su condena a trabajar forzados en el Arsenal los había librado de tormentos mayores que, si cuadra, ya conocían.

Reivindicación de las sombras

Cuando uno va de visita al viejo penal de San Campio, y contempla sus muros y ve las rejas de las ventanas, no puede dejar de acordarse de ellos, de los presos. Entonces, le pregunta a Josefina, que en el Museo Naval de Ferrol hace de guía, para cuantos quieren conocer el antiguo presidio y lo que hoy contiene, de manera voluntaria y totalmente desinteresada, si se le ha aparecido algún fantasma...

(Por los espectros, allí donde han vivido quienes hoy difícilmente imaginamos, hay que preguntar siempre, por más que nos hagamos pesados. Porque sin espectros, al fin y al cabo, quiere decirse que sin sombras, las luces no adquieren su verdadero significado. Con la música y los silencios pasa otro tanto.)

El caso es que Josefina dice que no, que ella a los fantasmas, allí, tampoco los ha visto nunca. Aunque también es cierto, aclara, que ella solo va a San Campio en horario de mañana. Lo que sí nos muestra ella es la escalera de los penados. También el lugar donde dormían, hacinados, «más de un millar de hombres». Aún se conserva parte del suelo original del edificio, del que ellos pisaban. También el lugar donde ponían al fuego lo que les daban para comer. E incluso alguna de sus letrinas, que desaguaban, explica la guía, al «desaparecido foso del Arsenal».