Lugar muy dado a prodigios marinos, en el que el pulpo merecería llevar una corona puesta, sus aguas guardan aún la memoria del nada majestuoso desembarco de Mariana de Neoburgo, esposa de Carlos II el Hechizado
28 ene 2010 . Actualizado a las 19:05 h.Mariana de Neoburgo, ya saben, subió al trono de España al contraer matrimonio con Carlos II, aquel pobre rey que parecía un cuadro de Carreño de Miranda el día entero. Pero no era española de nacimiento, como escuchando su nombre adivina cualquiera, sino de tierras bastante más frías: hija del Elector Palatino del Rin, que se llamaba Felipe Guillermo del Palatinado, nada menos. Un señor que, por otra parte, debió mantenerse en plena forma constantemente, puesto que a Marina le dio nada menos que veintidós hermanos -veintidós, sí: veinte y dos más, es correcto-, proeza que hizo pensar a la Corte española que la Señorita de Neoburgo debía ser también de naturaleza fértil. De ahí que, cuando fue preciso casar en segundas nupcias al rey, la eligiesen.
El caso, por lo que cuentan, es que Mariana llegó a su nuevo reino por aguas gallegas, y que desembarcó en Mugardos después de haber tenido que hacer frente su navío a más de una tormenta. Y se conoce que ella era proclive a marearse, o a resbalar al menos, porque nada más echar pie a tierra se llevó una zoupada tremenda, hasta el extremo de que todavía se conoce como Cú da Raíña el escenario de aquel impactante suceso.
Así, miren ustedes por dónde, Mugardos, Dos Veces Real Villa (casi suena mejor Real Villa Dos Veces, no sé si ponerlo de esta otra manera...), ya fue a emparentar, en tiempo de los Austrias, con la más selecta sangre de las testas coronadas europeas. Aunque, qué quieren que les diga, en el mismo Mugardos, puestos a coronar, sería importante no dejar en el olvido que el pulpo bien merece allí llevar una corona todo el tiempo. Tanto si lo han cocido a la manera de las ferias, como si está guisado a la mugardesa; variedades, ambas (tanto monta, monta tanto...), de probadísimo mérito.
En una piedra armera
Pero íbamos, es verdad, a hablar de la Señora Sirena. Que no se deja ver con facilidad, aunque a uno siempre le quede el consuelo de poder mirarla reflejada, sin pudor alguno, en una piedra de armas que contempla el cielo y el mar al mismo tiempo. Concretamente, en el antiguo solar de los Mariño de la Barrera, entre los que hubo algún miembro del Consejo de Su Majestad que era caballero de la Orden de Carlos III.
Confesaremos que además de esta -además de la ondina de piedra, por supuesto de mucho mérito-, la sirena que de verdad nos importa es la que se oculta bajo las aguas cuando se le acerca alguien sin que ella quiera que la vean. Nosotros no la hemos visto, mentiríamos si lo contrario dijésemos, pero no por eso dudamos de su existencia. O sea, que estamos completamente seguros de que los años no pasan por ella y de que tiene cola de pez pero torso de doncella -lo de doncella entiéndase en el más literario de los sentidos, prescindamos de meternos en detalles que a ninguna parte llevan- y de que canta, en las noches de luna, maravillosamente. Igual de seguros estamos de que tan prodigioso ser nada en común tiene con las sirenas homéricas; y así sabemos que no hace daño, porque lo que ella quiere es dar afecto; al menos, cuando le conviene. El caso, hoy, es que puestos a recorrer los Lugares Donde Europa Comienza, estos particulares paisajes nuestros en los que muy grato resulta pasear viendo con ojos nuevos, ahora que en efecto se está haciendo cada vez más tarde, lo que no siempre vimos de la misma manera, es imprescindible volver a Mugardos para que la emoción -esa emoción que nace del deseo de no perder más tiempo antes de reencontrarnos con lo que importa realmente- sea completa. Quizás aunque, por culpa de nuestra propia impericia, no logremos ver nadar a la sirena de carne y hueso, y tengamos que conformarnos con contemplar a su parienta de granito de cantera, sí podremos, en cambio, tener la suerte de que se nos aparezca, sobre los muelles que hoy sirven tanto de lugar para el paseo, cualquiera de los espectros que en el pasado formaron parte de nuestras vidas; de esos que marcharon casi sin darnos ocasión de despedirnos. Sí, tienen razón: tal vez vuelvan.