El pleno de ayer batió récords. Al menos el de duración. Los grupos municipales debatieron durante más de ocho horas los 37 puntos y doce mociones llevadas a la sesión. Desde las siete de la tarde, hasta bien entrada las tres de la madrugada. Antes de esta, la segunda del gobierno socialista en minoría, las citas en el salón municipal tenían en seis horas su marca a batir.
Es un caso excepcional en la Galicia urbana. Por duración y por hora de celebración. Solo en Vigo los tiempos de esas sesiones se van en alguna ocasión por encima de las seis horas. Santiago y A Coruña tienen recientes aún plenos con una duración similar, pero han logrado ahora lo que no ha hecho Ferrol: establecer unos tiempos máximos de intervención. Lo intentó Irisarri al comienzo de su mandato, hace 15 meses, pero ahora es más laxo. Su intento frustrado aprobar la ley de grandes ciudades, tiró por tierra otra de las posibilidades de reducir la carga de los plenos, como ya ha ocurrido en otras urbes, donde, competencias que tenía el pleno -contrataciones, subvenciones...- las aprueba directamente la Xunta de Goberno sin necesidad de la sesión plenaria.
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