España consigue la Eurocopa tras abrumar también a Alemania en la final. El partido supuso la despedida como seleccionador de Luis Aragonés.
Un gol de Fernando Torres a la media de hora juego tumbó a la selección más laureada del fútbol europeo
Otra obra maestra. La sexta. La selección española alcanzó la gloria en el escenario europeo. Por fin, 44 años después, campeona de Europa y frente a Alemania, el mejor rival posible, el equipo que llega casi siempre y solo a veces pierde. Pero lo realmente importante, con serlo, no se reduce solo al triunfo. Vale, España ha saldado una vieja cuenta con la historia, ya no juega como nunca y pierde como siempre. Lo hace mejor que nunca y gana. Ha encontrado un modelo que rompe con el vetusto discurso de la apelación a la raza. Aragonés ha dado la alternativa a un grupo que deja imborrables huellas para el futuro, como la maniobra de Villa en el gol que derrotó a Suecia, la asistencia de Cesc a Güiza frente a Rusia o el acto de fe de Torres en el gol que ha valido una Eurocopa.
Sin ataduras con el pasado y superada la prueba del diván con Italia, España volvió a ejercer de sí misma contra Alemania, se comportó con el desparpajo con el que barrió a Rusia e igualó el nivel competitivo que tuvo frente a los aguerridos italianos. Sufrió durante un cuarto de hora el acoso alemán, pero aguantó el tipo para revolverse con veneno y adueñarse de un partido en el que puso las ocasiones y el juego. Probó a Lehman en más de una decena ocasiones y demostró que defender bien no es incompatible con el buen fútbol. Tres partidos sin encajar ni un solo gol.
Cuando el Niño ganó el pulso a Lahm en un pase magistral de Xavi, el choque solo tenía una dirección. Torres, quizá el más ansioso por reivindicarse en una gran cita, sembró las dudas en una zaga a la que retó durante toda la noche. Batió a Lehman en el minuto 32, pero pudo hacerlo antes, cuando envió un cabezazo al palo. Fueron las primeras ocasiones de un baile ofensivo.
España volvió a ganar sin renunciar a la idea que le permitió alcanzar la cita decisiva. Cocinó el partido a fuego lento, con el aplomo de quien se siente superior y tiene una fe ciega en la circulación del balón. Alemania no tiene secretos. Un físico para el choque, la tenacidad y, como bazas, la estrategia y la segunda jugada. Ayer, además, contó con la complicidad de un colegiado que cerró los ojos ante su juego subterráneo.
España tampoco esconde sus cartas. Sin Villa, profundizó en el juego combinativo, en la irrupción por sorpresa de la mejor línea de centrocampistas que uno pueda imaginar. No son extremos, pero pueden jugar en la banda; no son físicamente poderosos, pero no rehúyen el choque, manejan el arte del regate y se agrupan sin necesidad de recurrir a arengas guerreras.
El deporte español ya puede sentirse orgulloso. Ha aprobado la única asignatura pendiente que le quedaba, por la vía del buen gusto, el talento y la solidaridad. Un modelo para el futuro. Aunque ya no esté Aragonés.
España consigue la Eurocopa tras abrumar también a Alemania en la final. El partido supuso la despedida como seleccionador de Luis Aragonés.
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