Aznar le encargó en 1996 la negociación con los grupos minoritarios para su investidura a Rajoy. Doce años después, Zapatero se la encomienda a otro gallego: Pepe Blanco. Salta a la vista que el dos del PSOE ha salido muy reforzado de las elecciones.
Como Zapatero, Blanco se ha demostrado a sí mismo que el ciclo de los socialistas en el poder iniciado en el 2004 no fue accidental; consecuencia de la falaz gestión de Aznar entre el jueves del atentado y el domingo electoral. Zapatero ya no es un presidente accidental.
Los 169 diputados conseguidos, a 7 de la mayoría absoluta, le facilitan a Blanco el trabajo encomendado, si bien recabar apoyos para la investidura solo es la antesala de lo sustancial: buscar un socio que aporte estabilidad parlamentaria cuatro años.
Con los de IU y los de ERC rabiosos por sus derrotas, el centroderecha catalán sería un socio con tres grandes virtudes y un defecto. CiU se basta por sí sola y se sobra para garantizar la mayoría parlamentaria, frente a fórmulas mixtas (PNV/BNG o IU/ERC/BNG). Acercaría el segundo Gobierno de Zapatero a los votantes de centro, como le ocurrió a Aznar entre 1996 y el 2000, pues fue CiU la que promovió la desaparición del servicio militar y apadrinó otras leyes reformistas. Y tercera virtud: su líder en Madrid es Duran i Lleida. El defecto del pacto PSOE-CiU son las consecuencias en el tripartito catalán y, en particular, en el PSC. Aquí es donde le surgirán los mayores problemas a Pepe Blanco. Ahora bien, Zapatero el 9-M arrasó en Cataluña con una potencia que nunca tuvo el PSC en las autonómicas. Por eso, en la partida PSOE-PSC que acaba de comenzar Blanco juega con blancas y sale. Seguramente gane.
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