Casi todos los que fuerzan a niños han compartido tiempo y espacio con sus víctimas a la puerta del colegio, en el autobús o en la tienda de chucherías
El rapto y asesinato de la niña onubense Mari Luz, aparte de las circunstancias judiciales que habrían favorecido al autor de la perversión, ha reavivado un asunto de honda enjundia: ¿qué caracteriza a los pederastas?, ¿son simples delincuentes?, ¿son incorregibles?, ¿se trata de una inclinación sexual natural, hay factores de índole social, o acaso familiar, que conforman su personalidad?, ¿son enfermos incurables?
De entrada, es obligado subrayar que los estudios en profundidad que se han realizado del comportamiento de los pederastas -todavía escasos y casi siempre centrados en cuestiones teóricas o en casos concretos- revelan que los autores de abusos sexuales a menores casi siempre son personas conocidas para la víctima y sus familiares, carecen de un perfil psicosocial que permita identificarlos en la vida cotidiana y rara vez son individuos asociales.
Un pederasta -salvo cuando ataca a un menor por razones que van más allá de lo sexual; por venganza, por ejemplo- rara vez deja entrever sus intenciones, ni siquiera a sus familiares o a quienes conviven con él.
Uno de los pocos estudios realizados con amplitud propia de un trabajo epidemiológico, en el que intervino el especialista británico Robert J. McLachlan, demuestra -al margen de las prevenciones que merecen las encuestas- que nueve de cada diez reos de delitos sexuales contra menores están emparentados con el niño o la niña, o bien son amigos o vecinos de la familia de la víctima.
Las mujeres que abusan sexualmente de menores de edad son casos excepcionales.
Espacio y tiempo
En más del 95% de las ocasiones el pederasta conoce previamente al menor porque ha compartido -tanto con el niño como con sus familiares- tiempo y espacio en el polideportivo, en el colegio, en la biblioteca, en la tienda de chuches del barrio, en el autobús o en otro ámbito de acceso público.
En numerosas ocasiones, lo más preocupante en ese oscuro mundo del deseo sexual contra natura -o al menos contrario a las convenciones sociales y a las normas que hacen posible la convivencia- radica en que «el abusador es el padre, el abuelo, el tío, el primo o el hermano de la víctima», ha subrayado McLachlan, que está considerado uno de los más acreditados expertos europeos en delitos sexuales, y que durante años ha sido el responsable del grupo de la Policía Metropolitana de Londres que se encarga de perseguir ese tipo de crímenes.
Los especialistas (desde psicólogos y médicos hasta policías y criminólogos) han insistido en varias ocasiones en que los estudios hasta ahora realizados no permiten otorgar a ese tipo de delincuentes una prevalencia por grado de instrucción, oficio, fortuna, condición social o etnia.
Estudio «epidemiológico»
Sin embargo, las respuestas facilitadas por los delincuentes sexuales que participaron en una amplia encuesta realizada en Nueva York permiten disponer de un retrato robot del pederasta en las sociedades industrializadas. Con matices, aunque de grado mínimo, ese perfil es aplicable en España.
El retrato robot del pederasta, siempre según ese estudio neoyorquino, sería el de un hombre adulto de raza blanca (este detalle tiene un alto significado en la sociedad norteamericana); casi siempre se trata de tipos mayores de 30 años que están o han estado casados (lo que en principio indica que en su mayoría son heterosexuales), ha realizado estudios secundarios (es más, resulta que el 40% de los condenados encuestados eran universitarios); disfruta de unos ingresos superiores a la media y profesa alguna religión.
La religión no es un freno
En este último aspecto es obligado subrayar que nueve de cada diez reos (todos ellos acusados de pederastia y en prisión, o ya sometidos a tratamiento pospenitenciario) declararon ser seguidores de una religión monoteísta (cristianismo, islamismo, judaísmo).
Los autores del estudio tuvieron muy en cuenta que los abusadores sometidos a estudio podrían haber minimizado o desfigurado los hechos y los datos para paliar su vergüenza, o acaso para ganar la confianza de los científicos a fin de acceder a beneficios penitenciarios. Y también tuvieron en cuenta que numerosos encuestados eran propensos a engañar y algunos, mentirosos compulsivos.
¿En qué sentido afectó ese factor a los resultados del estudio? Afectó, sin duda, por lo que el perfil del pederasta es todavía más inquietante, pues se carece de una descripción general útil al cien por cien.
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