El asesino de Mari Luz dibujó su periplo vital en torno a las sentencias judiciales que lo llevaron a huir de ciudad en ciudad
«Antes de abusar de mi hija, abusaría de cualquier otra». Encontró simpática su propia ocurrencia y ya no se detuvo: «Tengo a mi esposa, que ella abusa de mí y yo de ella». Octubre del 2001. Sonrisa de lelo él, mirada gacha ella, las cámaras de Canal Sur retrataban, a la puerta del juzgado de Sevilla, al matrimonio Del Valle. El marido estaba acusado de abusar sexualmente de su hija pequeña; la mujer, de saberlo todo y dejarlo hacer.
Era la segunda aparición televisiva del onubense acusado del asesinato de Mari Luz. En la primera, dos años antes, Santiago del Valle daba cuenta de una denuncia que había interpuesto contra el profesor de gimnasia de su hija por tocamientos deshonestos a la pequeña. Le pedía diez millones de pesetas (60.000 euros) de indemnización, «y si le parece poco, le pido quince», advertía. En el Diario de Sevilla , Félix Ledo, el director del colegio Almutamid, donde estudiaba la niña, recuerda aquello como «un momento muy doloroso; un compañero era víctima de una difamación».
Así se demostró cuando el caso dio la vuelta y el denunciante acabó en el banquillo de los acusados. El juez lo condenó a dos años y nueve meses -la sentencia recoge la invención de un informe médico sobre el que el padre había articulado su querella contra el docente- y le retiró la custodia de sus hijos (la niña tenía un hermano pequeño).
Santiago del Valle topaba con la Justicia por tercera vez. Antes había sido arrestado por un robo con fuerza en las cosas (Huelva, 1983) y un delito de daños (Cazalla de la Sierra, 1992). No iba a ser la última. El mismo año en que conocía la sentencia por los abusos a su hija, el agresor entraba tras una menor en un portal de Sevilla y le realizaba tocamientos al tiempo que le besaba en las mejillas. A la pequeña, de nueve años, la salvó la irrupción de una vecina que puso en fuga al delincuente. De esa acción queda una nueva sentencia, de diciembre del 2004, de dos años de cárcel.
Anuncio en una revista
Con dos condenas a cuestas, Del Valle huye a Gijón y allí demuestra que su instinto criminal no se mueve por impulsos y que es bien capaz de premeditar sus delitos. En marzo del 2006 colocó un anuncio en la revista Telenovela en el que se hacía pasar por una niña (Cristina) en busca de amigas. Respondió una chica de 13 años con la que se carteó durante un tiempo. Cuando trabó amistad, Santiago mandó una última carta en la que daba su nombre y explicaba que su hermana Cristina se había ido a Londres, pero que él continuaría con la correspondencia. El delincuente aseguraba tener 21 años, pero cometió el error de adjuntar una foto. «Enseguida vi que era mucho mayor y se lo conté a mi madre que me dijo que no contestara». Al no recibir respuesta, el pederasta se plantó en casa de la chica, pero esta no le abrió la puerta.
Del Valle llegó a matricularse en clases para adultos en el instituto de la menor y la acosó hasta que una orden de alejamiento le puso de nuevo en fuga. Sin embargo, la familia de la muchacha volvió a saber de Santiago: «Puso otro anuncio en Telenovela , a principios de este año y con su nombre verdadero. Inmediatamente avisé a la policía de que estaba en Huelva», cuenta la madre de la acosada.
Nadie lo detuvo, ni entonces ni en su última aparición ante las cámaras. Antes de acabar su huida en un pueblo de Cuenca, el criminal, con condena firme, acampó con su mujer en un solar de Sevilla para reclamar una vivienda pública. Ante los medios que acudieron a conocer su historia se dijo víctima de un sistema judicial que le había arrebatado a sus hijos. El mismo sistema que lo mantuvo en la calle.
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