De los cuatro castillos de A Limia este era el más vulnerable dada su situación
El topónimo es de los que no se olvidan: Porqueira. Así se llama el ayuntamiento en el que se alza una de las cuatro torres que defendían A Limia, un territorio goloso tanto para Galicia como para Portugal, realmente fácil de conquistar si no existían impedimentos en forma de fortaleza: por los cuatro costados quedan las montañas y esa llanura era y es más plana que la palma de la mano. Así que en diversos momentos de la Edad Media (siglos XI y XII) fueron levantados cuatro bastiones: el de Celme, en lo alto de un monte; el de Sandiás, en un mero outeiro; el de A Pena, subido a una escarpada elevación, y el de Porqueira, en una ladera curiosamente estratégica para controlar el paso de militares, pero nada sencilla de defender.
Porqueira, en efecto, es el nombre del municipio. Pero la torre en sí recibe el nombre de A Forxa, aunque el primer topónimo sea más común que el segundo. Para llegar hay dos caminos: o se pasa el pueblo, dejando la Casa do Concello a la izquierda y el bar a la mano contraria, para tomar a la salida una pista a la izquierda (ruta más ancha y cómoda), o bien justo antes de esa Casa do Concello se gira a la siniestra y se adentra uno en el corazón de la localidad. Una localidad que, como tantas otras, sobre todo en Ourense, da cierta pena: casas vacías, algunas arruinadas, una callejuela estrecha por la que cabe el coche muy justo, una magnífica aira de canastros rehabilitados y llamativos con su color rojo, una buena iglesia en la parte alta al lado de escombros de construcción? Un mundo que se escurre entre los dedos de la historia, en suma. Es itinerario algo más incómodo que el primero, pero más auténtico.
Alta y esbelta
En pequeño ascenso se llega a un campo grande, circular y un poco más elevado que el caminito que lo circunvala. En determinado punto hay unos escalones que permiten salvar esa diferencia de altura y el visitante se planta ante la muy alta y muy esbelta torre de A Forxa, un edificio que, como se advierte cuando uno se coloca en su parte trasera, está empezando a perder su verticalidad. Desde luego, nada que ver con la torre de Pisa, no, pero las líneas esquinales empiezan a abombarse suavemente. Y ya se sabe: «A mellor non vai ir». O sea, que habrá que incluir lo que queda de esa gran fortaleza que fue en la lista de aspirantes a una ayuda oficial con el fin de evitar una desgracia futura.
La torre está cerrada, aunque es posible pedir la llave en el pueblo (el bar siempre constituye lugar de referencia) y ver que dentro hay unos paneles referentes a la Vía Nova, la Vía XVIII del Itinerario de Antonino que ahora todo el mundo quiere hacer pasar por delante de su puerta, aunque por estos pagos no quedan ni restos. Incluyendo en la palabra restos la tradición oral.
Claro que en el extremo contrario a la pista de acceso, en la carretera a Xinzo de Limia, espera un precioso puente y un río, el Fírbeda, en verdad bellos que reclaman una visita. Un panel informa de que de ahí parte una ruta de senderismo que va ganando altura y que permite gozar de una gran panorámica de la llanura de A Limia. Claro que no hace falta caminar tanto si no se quiere: al cuarto de hora de arrancar, un sendero parte para la izquierda y se interna en un espeso bosque, para rematar ante una de las cataratas más bonitas y escondidas de Galicia.
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