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OUT VIAJES Cruceros, cuando el lujo es el propio viaje

Un barco de recreo es el medio perfecto para visitar muchos lugares y descansar a partes iguales. Su único pero, que no es muy barato

Autor:
SARA CARREIRA
Fecha de publicación:
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A juzgar por lo que dicen las agencias de viajes, este es el momento de comprar las vacaciones si van a ser en barco. Sin duda, disfrutar de un crucero está en el imaginario colectivo como el ejemplo del dolce far niente, y razones no faltan. Eso sí, es conveniente saber que este tipo de viajes tienen sus pros y sus contras antes de contratarlo.

Turismo sin maleta

La gran ventaja, posiblemente la más importante, de un viaje en un trasatlántico es la posibilidad de visitar diferentes ciudades, países e incluso continentes sin hacer ni una sola maleta. Este hecho no parece muy explotado por las navieras a la hora de hacer la publicidad y, sin embargo, siempre lo destacan los cruceristas. Salir de España, visitar Francia, Italia, Malta y Túnez en una semana es, al margen de un crucero, una labor agotadora en cualquier medio de comunicación.

Descanso «activo»

La segunda gran ventaja es que el viajero tiene la sensación de haber hecho muchísimas cosas pero a la vez apostaría a que ha descansado como nunca. El truco está en lo bien pensados que suelen ser los programas de viaje: se combinan paradas cortas -de una mañana, por ejemplo- con otras de más de doce horas y algunas jornadas prácticamente de navegación. Si uno recorre por la mañana las encantadoras callejuelas de Santorini y se embelesa mirando el encalado y azul de sus casas griegas, siente que ha descubierto un lugar adorable y maravilloso; pero en pocas horas estará comiendo en un bufé libre todo tipo de fruslerías y se pasará la tarde dormitando en la piscina, yendo al gimnasio o leyendo en una hamaca. Por la noche, cuando se meta en la cama, pensará que el día no podía haber dado más de sí, que aun habiendo hecho algo fantástico -¿quién no sueña con saborear un aperitivo en una isla del Egeo?- también le ha dado tiempo a descansar, disfrutar y, sobre todo, no hacer nada.

Mucha diversión

El tercer factor positivo es lo divertido que resulta. Hay tripulación por todas partes derrochando amabilidad y todo está pensado para que uno se divierta y disfrute: hay actividades de todo tipo (espectáculos, cursillos, fiestas temáticas...) y descanso absoluto. Cuando se viaja con niños, estos permanecen ocupados -y rechiflados- durante horas, y como cada noche uno suele cenar en la misma mesa, se acaba entablando una relación de amistad con otros viajeros en la medida en que uno lo desea.

Un «lujo» merecido

Si a esto se le suma el lujo que rodea estos viajes -por ejemplo, despedirse de San Petersburgo en una noche blanca (con luz) del mes de junio tomando un Mai Tai en la cubierta-, parece que irse de crucero es el premio a un año duro, lleno de obligaciones y preocupaciones económicas.

El precio, lo peor

Y precisamente el dinero es lo único malo de viajar por mar. Hay que tener en cuenta que las ofertas que nos presentan tienen ciertos matices: suelen poner el precio de las fechas menos interesantes (si se viaja con niños es conveniente hacerlo en vacaciones para que haya otros críos con los que jugar); en cabinas interiores (ver el mar son por lo menos 100 euros más por persona); y no suman las tasas (de 120 a 200 euros por persona, niños también, aunque viajen gratis) ni los traslados al puerto de salida.

Al precio del billete hay que sumar una serie de gastos que uno no suele tener en otro tipo de vacaciones: bebidas y recuerdos a precio de monopolio, excursiones y hasta propinas obligatorias. Lo primero es importante: se viaja con pensión completa, no con todo incluido (excepto en los paquetes que así se indique) y por lo tanto cualquier cerveza, refresco o combinado que se pida tendrá que ser pagado aparte, al final, y eso es malo, porque uno no se da cuenta del ritmo de gasto porque solo entrega la tarjeta y listo; además, las tiendas del barco, que tienen un poco de todo, lo venden a precios altísimos, por no hablar de las decenas de fotos que, al cabo del viaje, puede acabar uno comprando; y la propina, un asunto un tanto sorprendente, que es casi general en todas las navieras, y que podría decirse que es de 8 euros por persona y día, y que cargan poco antes de marcharse en la tarjeta. Las excursiones suelen ser muy sugerentes, pero si se viaja en familia cada parada puede suponer 200 euros, y eso dispara los costes finales; hay que limitar las excursiones a aquellos puntos en los que se necesite ayuda -por ejemplo, si supone un traslado largo en bus o se tienen pocas horas para visitar una ciudad como Roma o San Petersburgo-.

Problemas de idioma

Hay otros asuntos menores, como el idioma del crucero (no siempre hay español), la moneda (a veces es el dólar), la aceptación o no de tarjetas de crédito y la seguridad absoluta de que se engordará, por lo menos, un kilo.

 

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Autor de la imagen: MONICA FERREIROS

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