La antigua Tarraco fue la provincia romana más extensa del Imperio. La actual ciudad, patrimonio de la humanidad, conserva los vestigios de su esplendor.
A orillas del Mediterráneo, Tarragona brilla con luz propia. Una ciudad viva, luminosa, que ofrece un sinfín de atractivos. La que fue la provincia más extensa del Imperio romano sigue desplegando el poderío de su antiguo esplendor. Pasado y presente se funden en una ciudad que a lo largo de todo el año bulle en fiestas. En estos momentos se prepara el carnaval, uno de los más multitudinarios de Cataluña y en la segunda quincena de mayo el festival Tàrraco Viva devuelve a la urbe a la época romana.
ESPECTÁCULO: Luchas de gladiadores. La actual ciudad se asienta sobre la antigua y por todas partes se pueden ver las huellas de un pasado glorioso. Una de sus joyas es el anfiteatro, situado al pie del mar, junto a un parque de inspiración romana, donde crecen las rosas y las plantas aromáticas. Con capacidad para 14.000 espectadores y una superficie de 130 por 100 metros, las gradas, excavadas en la roca, se elevan hasta fundirse con el azul del cielo. Durante el festival de Tàrraco Viva, especialistas realizan reconstrucciones exactas de las luchas de gladiadores que vuelven a pisar la arena, mientras los espectadores piden de nuevo el sacrificio del perdedor señalando al suelo, el reino de los muertos. Antiguamente los espectáculos se completaban con batallas marítimas que se disfrutaban desde la playa. El anfiteatro guarda también otras huellas. Allí fueron quemados vivos el primer obispo de Tarragona, San Fructuoso y los diáconos San Augurio y San Eulogio. En su memoria se construyó en la arena una basílica en la época visigótica y más adelante, encima de esta, la iglesia románica de Santa María del Miracle, de la que se conservan algunos restos.
RUTA: Secretos bajo la ciudad. Un paseo por Tarragona permite degustar sus secretos. Algunos muy escondidos bajo las piedras de la actual ciudad. Para no perderse nada de su interesante historia y ver más allá de lo que descubren nuestros ojos, lo más recomendable es contar con los servicios de un guía. Existen cuatro empresas dedicadas a estos menesteres. Una de ellas, Tàrraco Guide Bureau, aglutina a un grupo de guías oficiales de Cataluña con los que se puede contactar a través de la página web www.turismotarragona.com. Con esta ayuda uno puede descubrir que bajo la Plaça de la Font, donde se encuentra el ayuntamiento, se esconde la antigua arena del circo y que los bajos de las casas que la flanquean ?la mayoría de ellos convertidos hoy en coquetos restaurantes? conservan los arcos que sustentaban las antiguas gradas.
Aunque la mayor parte del circo permanece oculta, se puede visitar el extremo occidental, donde se pueden ver parte de las gradas y sumergirse en algunas de las bóvedas que quedaron al descubierto. Todo cambia y nada es lo que parece. Bajo la catedral estaba el antiguo templo romano, en la parte alta de la ciudad. Y aquí y allá se pueden ver restos de los antiguos edificios de la Administración reciclados con otros usos y del Foro provincial donde los antiguos muros conviven con animadas terrazas. Cerca del mercado central, de factura modernista, en la actualidad en obras, se encuentra otro Foro, el municipal.
MONUMENTOS: Una muralla grandiosa. Tarragona conserva algo más de un kilómetro, de los cuatro que medía la antigua muralla romana. Una megalítica construcción de doce metros de altura y una anchura de entre cuatro y seis metros que impone de cerca. Una buena opción para disfrutarla es seguir el Paseo Arqueológico, abierto en 1993, obra de ingenieros británicos durante la guerra de Sucesión, y recorrer el antiguo paseo de Ronda desde donde se divisa la parte alta de la ciudad. A la fortaleza fueron sumándose torres. De las tres que quedan en pie la mejor conservada es la de Minerva. La ruta romana no acaba aquí. Resulta obligada una visita al Museo Arqueológico.
Pero antes de eso y para empezar, nada mejor que pasar un tiempo disfrutando de los detalles de la maqueta elaborada por el Museo de Historia de Tarragona y que representa minuciosamente cómo era la ciudad en el siglo II antes de Cristo, su época de mayor apogeo. En ella, por no faltar no falta ni un entierro. Fuera de los límites de la ciudad los amantes de la historia no pueden olvidarse de las villas de Centcelles y la de Els Munts, del acueducto, conocido popularmente como el Puente del Diablo, la Torre de los Escipiones, el Arco de Bará o la cantera del Médol. Pero no todo en Tarragona es Roma. El Medievo dibujó calles empedradas que mantienen intacto su encanto y el modernismo dejó una importante huella. Las obras de una y otra época diseñan dos interesantes rutas de visitas.
TRADICIONES: Diablos y mercados. La cultura y la fiesta forman parte de la ciudad. A lo largo del año son muchas las ocasiones en las que los tarraconenses salen a la calle y el bullicio asalta las calles. Desde el carnaval, que arranca el domingo anterior con el cocido del xarró, a Semana Santa o las fiestas de Santa Tecla, en el mes de septiembre. Fiestas en las que se desgranan tradiciones antiguas con diablos que hablan y escupen fuego, disfraces y castells como algunos de sus protagonistas.
Un paseo por la zona vieja permite además paladear el silencio de sus calles, la belleza de la arquitectura del Carrer de Cavallers, donde se asentaban los viejos palacios, descubrir pequeñas tiendas de joyas, antigüedades o productos locales donde adquirir excelentes aceites, el arroz del delta del Ebro, vinos o dulces. A diario, la Rambla Nova ?la nueva arteria comercial? acoge todo tipo de puestos. En esta calle y en las adyacentes se encuentran todo tipo de establecimientos de ropa, calzado y complementos.
Los domingos, la plaza de la catedral y los soportales góticos de la calle Mercería se convierten en un mercado de antigüedades donde adquirir desde libros viejos a todo tipo de objetos con historia.
La mejor forma de disfrutar Tarragona es hacerlo a pie, adentrándose por el casco viejo, subiendo y bajando la colina donde se asienta, sin olvidarse de mirar al mar desde el llamado Balcón del Mediterráneo, frente a un vacío de cuarenta metros. De allí uno no debe irse sin tocar hierro, el de la barandilla porque, según dicen, trae suerte al que lo hace.
PLAYAS: 15 km de Costa Dorada. De Tarragona no podemos olvidar sus playas. Quince kilómetros de Costa Dorada que dan lugar a arenales de fácil acceso de los que la benignidad del clima permite disfrutar casi todo el año.
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