La principal urbe de la República de Irlanda se postula como destino turístico para los que no incluyen el bronceador en la maleta pero sí buscan tradición y rincones con encanto.
A principios del siglo XX, James Joyce retrató Dublín valiéndose de vidas cotidianas que mostraban la parálisis de su nación. Al mismo tiempo, el genio modernista dejaba patente su apuesta por europeizar la mítica Irlanda. Durante estos últimos cien años, la capital ha vivido la independencia del Reino Unido; ha quintuplicado su población (alrededor de 1,5 millones de habitantes); ha despegado y aterrizado vertiginosamente en el terreno económico con el maltrecho Tigre Celta, y ha visto cómo su lengua, el gaélico, obtenía la oficialidad de la Unión Europea.
Ciudad de tradición universitaria, colorida y cosmopolita, Dublín se deja querer para un plan de escapada de fin de semana, incluso con tiempo para visitar alguno de sus museos, como la National Gallery, con entrada gratuita. Pero puestos a perderse un par de días por sus calles, a palpar el ambiente, la capital irlandesa atesora numerosos rincones llenos de vida.
LA ZONA CERO
Temple Bar
Que no dé lugar a engaños. El topónimo de la zona centro de Dublín, también de marcha, viene de la barrera que marcaba la sinagoga hebrea, no del popular pub que recibe el mismo nombre. Si bien este es uno de los locales de referencia para tomarse unas pintas de cerveza, a unos cinco euros -moneda oficial de Irlanda- por el amplio trago. Los conciertos a pie de calle y dentro de los pubs caldean el sábado noche dublinés hasta una hora prudente, no más allá de las tres y media de la madrugada. Con el amanecer, el mercado orgánico de frutas y verduras y los puestos de segunda mano resucitan el Temple Bar. Y si entra el apetito, también hay toldos que ofrecen comida; por ejemplo, una ración generosa de ostras con vino blanco, 12 euros. Y cómo no, la foto obligada en la pared de la fama, una fachada cubierta con los rostros más populares de artistas irlandeses como The Cranberries o Sinéad O?Connor.
TOUR ESPIRITUOSO
Jameson y Guinness
Entre los alardes de los irlandeses está la cerveza y, no menos, el whisky, su «agua de la vida». Sus santuarios son las factorías Jameson y Guinness. Ambas cuentan con visitas guiadas, eso sí, previo pago, en las que desvelan la historia y los procesos de elaboración de sus productos: la cebada tostada para la cerveza y la triple destilación para el whisky irlandés. Las dos disponen de degustaciones gratuitas para los visitantes, así como de menús de lo mas variado que oscilan entre 15 y 20 euros. Además, la fábrica Guinness, situada en la puerta de St. James, es el punto de partida para los peregrinos que iniciaban el periplo espiritual hacia Santiago.
PUNTO DE REFERENCIA
Molly Malone
Si entre trago y trago surgiese el extravío, uno de los puntos de encuentro más concurridos de la ciudad es la estatua de Molly Malone, un personaje que supuestamente vivió en el siglo XVII y que ejercía de pescadera durante el día y de prostituta por la noche para los alumnos del Trinity College, un campus por el que pasaron Joyce, Wilde o Beckett.
CUNA DE ILUSTRES
Trinity College
La Universidad de Dublín, o lo que es lo mismo, el Trinity College, con más de 400 años de historia, permanece abierto a los curiosos que quieran adentrarse en el campus. Uno de sus edificios alberga la biblioteca principal, la Long Room, de la que se dice que sus cimientos se hunden día a día debido al peso de los libros. En total, la universidad guarda a buen recaudo unos tres millones de ejemplares, repartidos en ocho edificios. La Long Room custodia alrededor de 200.000 manuscritos y libros impresos en Irlanda, entre ellos el Book of Kells, cuyas casi 700 páginas fueron escritas e ilustradas a mano hacia el año 800.
A ESCASA MEDIA HORA
La Irlanda mítica
Buses con chófer, que hace las veces de conductor, guía y camarero, parten cada media hora desde el centro de Dublín hacia las montañas de Wicklow y el monasterio de Glendalough. Paisaje puramente irlandés que invita a tomar aire fresco y evoca las leyendas de los leprechauns, los parientes de los trasnos gallegos.
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