La primavera es la estación óptima para visitar la gran capital europea donde los clásicos conviven con las tendencias más burbujeantes.
París se viste de colores en primavera. Tras mostrarse desnuda durante el invierno, desprotegida del follaje de los plátanos, la ciudad luz recupera toda su gama cromática con el cambio del fotoperíodo y responde sobradamente al apetito del turista callejero. La bohemia, la grandeur, el glamur, el romanticismo... todos esos clásicos que parecen haberse acuñado en la capital francesa siguen a disposición de los cazadores de tópicos. En su estado puro, pero al mismo tiempo en constante renovación al ritmo que marca una ciudad muy joven y muy étnica. Si alguna vez viajó a París podrá decir que ya lo vio; que ya lo sabía. Pero, probablemente, no podrá negar que cada vez que lo revive, lo disfruta más; vaya cargado con una cámara barata, con un libro de Sartre, con niños o con todo a la vez. París nunca defrauda.
Por si es su primera visita, consejo número uno: procúrese un abono de transporte lo antes posible. Son baratos, muy prácticos y se pueden adquirir en máquinas expendedoras. Puede hacerlo en el mismo aeropuerto y empezar a sacarle rédito en el traslado al hotel. Y ya de paso se va poniendo a tono con la pluriculturalidad que singulariza la ciudad y que en el suburbano adquiere todo su esplendor.
Un plan cualquiera
París es inabarcable, aunque solo se persiga lo monumental. Así que le conviene tener un plan. Ahí va uno para ocupar media jornada. Arranque en Pigalle, el mítico barrio canalla de la ciudad, que de buena mañana está más bien desdibujado. Suba hacia el Sacré Coeur (hágalo en funicular) para poner en valor, desde una perspectiva privilegiada, el urbanismo de una ciudad modélica. Un skyline perfectamente atusado como el tupé de Ronald Reagan, del que solo sobresale lo verdaderamente extraordinario. Acérquese a la plaza del Tertre, donde los artistas cazan turistas cartapacio en mano, pero donde es fácil respirar el aire de la bohemia, imaginarse a Picasso o a Tolouse Lautrec buscándose la vida. Montmartre abajo, si el día le respeta, disfrutará de un descenso placentero entre bistrós al estilo Amèlie Poulain, tiendas de fruta y galerías de arte que vivieron tiempos mejores.
Ya metidos en harina artístico-bohemia y de nuevo en el nivel del golferío dormido de Pigalle, coja el metro en dirección al centro Pompidou, donde siempre encontrará algo excitante. Antes de llegar paseando entre el Marais y Les Halles, se cruzará con un crisol de tiendas en las que satisfacer la inevitable pulsión por el shopping. Encontrará algunas de carácter vintage. Ropa usada, bien conservada, etiquetada y a buen precio. Ahí va una dirección: Hippy Market, en la esquina de la rue de Turbigo y la rue Française (metro Etienne-Marcel).
En el Pompidou encontrará una oferta variada entre la que destaca estos días una antológica de Lucien Freud y una selección de las pintoras que el prestigioso centro de arte atesora en sus fondos. En ese entorno se puede comer a precios muy distintos y con una pasmosa variedad de cocinas internacionales. Incluso se puede salir bien parado sin tener que apelar al socorrido bocadillo. Si la visita a la joya del arte contemporáneo parisino le ha dejado un sabor de boca cercano a la falta de autenticidad, aún puede comprobar no muy lejos de allí cómo se lo montan los que todavía no cotizan tan alto. En el 57 de la calle de Rivoli se reabrió recientemente un taller ocupado, pero que el colectivo que lo gestiona ha conseguido poner en marcha de nuevo. A lo largo de cinco plantas verá artistas de todas las disciplinas trabajando en proyectos que nunca estarán en el Pompidou. O tal vez sí.
Seducción asegurada
Si viaja en pareja y le queda fuelle, aproveche que los días crecen y acérquese por la tarde a Montparnasse. ¿Le apetece ver un clásico de las historias de amor? En el cementerio del barrio reposan en la misma tumba Sartre y Simone de Beauvoir. Verá flores frescas sobre su lápida y probablemente a alguna pareja en silencio y cogida de la mano. Es difícil abstraerse del romanticismo de la ciudad, cantado por los más grandes. Especialmente si camina hacia el norte y se introduce en los jardines de Luxemburgo, excelsos en primavera y armados con toda la carga romántica que esté dispuesto a soportar. Camino del Sena se meterá sin darse cuenta en el bullicioso Barrio Latino, otro pequeño mundo dentro de la ciudad, plagado de librerías, arte y acogedores bistrós en los que cenar apretaditos. Porque, pese a la aparente grandiosidad, aquí el espacio es un lujo.
Con todo, nada más arrebatador que el clásico entre los clásicos: la torre Eiffel, cuya visión cercana siempre sobrecoge, estalla al caer el sol con una iluminación a la altura de su leyenda. En cuanto logre espantar al ejército de vendedores de pequeñas reproducciones, se dará cuenta de lo difícil que resulta acostumbrarse a la presencia de semejante icono. Y si ya quiere completar el círculo, cene en uno de los bateaux que recorren el Sena. Les Bateaux Parisiens ofrece servicios desde 82 euros que le pondrán en un aprieto, ya que tendrá dificultades para compartir su atención entre las vistas, la cena y su pareja.
El hilo conductor de París es múltiple. Solo entrando y saliendo de museos se podrían pasar semanas enteras. Meses, si lo que le interesan son las tiendas. Por eso le conviene organizarse y hacerse con una buena guía antes de salir y un plano resistente para moverse por una ciudad donde los espacios casi siempre engañan y las distancias suelen ser mayores de lo que uno imagina. Al fin y al cabo, la ciudad fue redefinida a mediados del siglo XIX por Napoleón III con grandes avenidas y enormes espacios que permitieran controlar un poco mejor a sus revolucionarios ciudadanos.
Ambas cosas permanecen: los espacios abiertos y un cierto gusto por la revolución, siquiera estética, apreciable en los cien mil estilos de sus, al fin y al cabo, no tan estirados vecinos. Disfrutar del paisanaje es, sin duda, uno de los grandes atractivos de la ciudad.
París, sin duda, bien vale una segunda visita. Incluso una tercera. Aún mejor. Así ya se puede saltar la borrachera de arte del Louvre y dedicar alguna jornada a husmear un poco más intramuros una ciudad donde es más fácil y más barato comprar un libro que tomar una caña.
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