Las cataratas de Belelle, Mácara, Neda y Narahío, entre otras, adquieren dimensiones espectaculares estos días
No es que Nino Amor sea abstemio, no, pero siempre hace alabanzas al agua de Galicia. Claro que el entrañable Nino es gerente de los balnearios gallegos, y le va la nómina en defender la riqueza de las aguas medicinales gallegas. No le gusta que los spas entren en el mercado metiendo el codo, y es hombre vigilante de cualquier anuncio que se publique confundiendo spas con balnearios: estos tienen aguas mineromedicinales, aquellos no.
«No se entiende Galicia sin el agua», repite Nino como un mantra que ha acabado de asumir. Y en efecto, los balnearios, que son demasiado opacos en cuanto a cifras de usuarios, tienen su importancia: crean riqueza, crean puestos de trabajo, crean espacios de descanso y crean esperanza con un complemento medicinal que a muchas personas les va muy bien.
Estos días en Galicia se ha vuelto a hablar del agua. Y para mal, porque entre el Xynthia y las lluvias constantes hasta hace un par de días han dejado el país chorreando, los ríos desbordados, las cataratas escupiendo con fuerza... Pero todo ello ha imprimido un plus de espectacularidad. Y la reflexión es la de siempre: si en Gales o Escocia el personal se calza unas buenas botas, se cierra el impermeable, se arma de paraguas y se echa a andar, ¿por qué aquí no?
«Pero lo característico de Galicia son los meses de lentas lluvias, de tónica templada en el oeste, especialmente en los valles y senos de la costa, que adensan las vegetaciones parasitarias, hinchan los cauces y encharcan las gándaras». Son palabras del geógrafo más famoso de estos lares, Ramón Otero Pedrayo.
Todo menos lentas
Y tiene razón, con la salvedad de que en las últimas semanas las lluvias fueron todo menos lentas, y eso provocó que el Tambre asaltara viviendas a la altura de Sigüeiro (Oroso), o que el Corgo da Fecha, en tierras de O Xurés, se desplome desde la cumbre de las montañas -es el más alto de Galicia, digan lo que digan- impidiendo el paso por los aledaños de la Vía Nova o Vía XVIII del Itinerario de Antonino. Ese sí que es un espectáculo, más impresionante que el de la mismísima catarata de A Toxa, en tierras de Silleda y sin duda el salto de agua más conocido de Galicia.
Una indicación para quienes busquen la gran foto: el Corgo da Fecha se admira desde la carretera de Lobios a Portugal, la cual se anchea formando un mirador. Cierto es que nadie ha colocado señal alguna, pero se identifica sin problema alguno... excepto que el día esté nublado, en cuyo caso la recomendación es buscarse otro objetivo. Los aventureros que quieran meter la mano en el agua deben dejar el coche ante el balneario de Lobios (este sí, señalizado) y caminar durante veinte minutos largos. Eso sí, absténgase quien no calce unas buenas botas impermeables.
Claro que las corrientes han dado lugar a topónimos cuyo origen etimológico resulta claro hasta para los profanos. Por ejemplo Ambas Mestas, donde se unen los ríos Lor y Sil, en el municipio de Quiroga y que estos días rebosa agua. O bien Augas Santas, nombre de lugar bastante común en Galicia y que hace siempre referencia a agua con cualidades benéficas y sanatorias.
Y Otero Pedrayo insiste en su obra Galicia -una auténtica biblia vista con los ojos de hoy- en que esas lluvias que caen en Galicia, las mismas que han dejado el país bellamente encharcado, permiten «tempranas eclosiones primaverales, como el florecer en febrero e incluso en los últimos días de enero, de las mimosas en los valles abrigados del sur». Y, con el permiso del impredecible cambio climático, en esas estamos, don Ramón, en esas estamos.
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