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El hombre tranquilo al que perdió el exceso de confianza

A Ángel Ron Güimil se le pueden atribuir errores de gestión, pero le queda el consuelo de haber liderado una de las pocas entidades que en España no han recibido ni un solo euro del Estado


redacción / la voz 02/12/2016 07:42

A Ángel Ron no se le conocen excesos, salvo la confianza. No es un fanático de los deportes ni hincha acérrimo de ningún equipo; rehúye la ostentación y no le preocupa especialmente su imagen; mide mucho sus palabras y solo le pierde una pasión: su familia. Su mujer asturiana -una prestigiosa abogada en Madrid- y sus dos hijos.

Pero a este directivo gallego (Santiago, 1962) le ha perdido eso, la confianza. Confianza en la recuperación del sector inmobiliario; confianza al pagar lo que pagó por el Banco Pastor; confianza al dar entrada a un potente accionista mexicano, la familia Del Valle, que ha encabezado la revuelta en el consejo que lo ha fulminado; y confianza en que tras presentar la tercera ampliación de capital en apenas cuatro años, relevar al consejero delegado y acometer una fuerte reestructuración el mercado se le pondría de cara y la acción se revalorizaría tras el severo castigo desde inicios de año.

Licenciado en Derecho por la Universidad de su ciudad, Ron está vinculado al Popular desde 1984, cuando con 22 años (ahora tiene 54) entró en la dirección regional de Galicia. A partir de ahí fue trabajando su perfil en el negocio minorista, en el que está especializado el banco, hasta alcanzar la dirección de todo el noroeste. Fue el suyo un ascenso rápido. Tenía 33 años y 300 empleados a su cargo. En 1998 dio el salto a Madrid, para la alta dirección, y allí coincidió con otro relevante ejecutivo entonces muy poco conocido fuera: Pablo Isla. Dicen quienes vivieron aquellos años que era conocida la pugna que mantenían ambos por escalar en la entidad.

Con ese perfil de banquero más tradicional, y a la manera de una hormiga (trabajo y discreción), Ron fue subiendo hasta convertirse en consejero delegado en el 2002 y dos años después, en presidente, compartiendo esa tarea con Javier Valls Taberner, próximo al Opus Dei (el banquero gallego está fuera de esa adscripción religiosa). Ron se desligó de los Valls dos años después y ascendió a una presidencia con todos los poderes. Eran los tiempos en los que el ladrillo era el gran negocio de la banca. Al Popular se le atragantó y la indigestión le llega hasta hoy.

A Ron se le pueden atribuir errores de gestión. Pero le queda el consuelo de haber liderado una de las pocas entidades que en España no han recibido un solo euro del Estado, pese a los ofrecimientos que tuvo. Y de haber preservado la independencia del banco en medio de la gran reconversión. Ahora tendrá más tiempo para dedicarlo a esa familia en la que le gusta refugiarse, y para recorrer más a menudo en su propio coche los 600 kilómetros de Madrid a Santiago, una ruta que se conoce de memoria.

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