| En un comedor social
La bota militar inglesa y una bacteria que arruinó las cosechas de patata costó la vida a mediados del siglo XIX a un millón de irlandeses, y otros tantos se vieron obligados a cruzar el charco para instalarse en la costa este de EE.?UU. Hablar de hambre en Irlanda es tocar la médula espinal de todo un país, y quizás por eso hace unos días el diario The Independent exigía que el Gobierno hiciera algo para que fotos como la que abre esta página no se repitan.
La imagen corresponde al centro de día que los capuchinos tienen en Dublín. Hasta hace poco, el centro fundado en 1969 por el hermano Kevin Crowley daba 60 desayunos y 200 comidas a mendigos, toxicómanos y gente sin rumbo. Además, todos los miércoles repartían 300 paquetes con pan, leche, arroz, té y otros víveres. «Después de las Navidades -explica Crowley- las cosas se han complicado mucho. Estamos en una situación inimaginable hace un año, lo nunca visto en cuarenta años que llevamos aquí». Ahora más de 500 personas esperan cada día a la puerta del centro y la demanda de paquetes semanales supera los 1.200.
En la cola hay de todo: Ian, un irlandés que trabajaba de repartidor y se quedó en el paro; Naomi, una polaca, madre de una niña, igual. Y también los veteranos del comedor, gente que no esconde una vida peligrosa. La gente sin rumbo. «Hay muchos extranjeros, también gente que se ha quedado sin vivienda por culpa de la hipoteca. No dejamos a nadie fuera. Y no hacemos preguntas, seguimos a San Francisco, que dijo que hay que alimentar al hambriento», explica el hermano Kevin. Y pide ayuda. El centro tiene presupuestados 450.000 euros. «Con eso no llegamos ni a julio».
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios