Las razones de la situación actual son dos. La primera de ellas es que no se acertó enteramente a la hora de elegir las instituciones a las que se confió el control de las SAD. En efecto, la Liga de Fútbol Profesional ?primera institución de control? está formada por los propios clubes de fútbol, por lo cual a nadie debe sorprender que no funcione el autocontrol. En los tiempos que corren, incluso el más confiado de los mortales espera poco de un sistema en el que los controladores y los controlados son los mismos. Por su parte, el Consejo Superior de Deportes ?segunda institución de control? es una institución de carácter político y, como el mundo del fútbol parece arrastrar muchos votos, no es impensable que el CSD sea renuente a la hora de tener que adoptar decisiones impopulares. Y por aquí surge otra razón que puede explicar el fracaso del control sobre el fútbol profesional: el hecho de que los clubes de fútbol reciban un trato privilegiado por parte de la Administración, sin que exista causa que lo justifique, solo se explica por las razones políticas que se acaban de apuntar.
Ahora bien, aunque es indiscutible que los primeros responsables del rotundo fracaso económico de los clubes son quienes los gestionan, también lo es que tienen su parte de responsabilidad los acreedores de los clubes, los cuales, lejos de exigirles el pago puntual de las deudas, les dispensan un trato privilegiado que no tienen con ningún otro deudor y que solo puede explicarse porque se sienten acobardados frente al supuesto poder social que tienen estos.
Los principales acreedores de los clubes son los jugadores, los proveedores (entre los que figuran los intermediarios), las entidades de crédito y la Administración pública. De todos estos, con los que mejor cumplen los clubes es con los intermediarios y, en parte, con los jugadores. Con los primeros, además de por otras razones más o menos confesables, porque si no les pagan no hay nuevos fichajes. Y con los jugadores porque no les suelen pagar todo: los clubes, con el consentimiento de los propios futbolistas (para pagar menos impuestos), dividen sus ingresos en federativos ?que son los que se suelen abonar porque si no los descienden de categoría? y por derechos de imagen, que suelen acabar reclamando ante los tribunales de Justicia, pero cuando ya no están en el equipo.
Soluciones
En resumen, aun sin desconocer las peculiaridades del mundo fútbol, la realidad parece demostrar que las principales causas de esta nueva ruina del mundo son:
La gestión de sus dirigentes no se ha llevado a cabo con arreglo a pautas de rigor y profesionalidad, dejando que primaran los aspectos puramente deportivos sobre los económicos y olvidando que tenían que gestionar los intereses sociales en su conjunto y no solo en el aspecto deportivo.
Esta gestión ha supuesto graves incumplimientos de la legislación en vigor contra los que no se ha reaccionado porque han fallado los dos controles diseñados por el legislador: el de la LFP y el del CSD.
También tienen su parte de responsabilidad los acreedores de los clubes, los cuales, lejos de exigirles el pago puntual de las deudas ?evitando con ello su galopante crecimiento?, les dispensan un trato privilegiado que no tienen con otro deudor y que solo puede explicarse porque se sienten acobardados frente a ellos. Pero así como, si no reclaman los proveedores, el problema es de ellos, la pasividad de las entidades de crédito y de la Administración pública (Hacienda y Seguridad Social) es difícilmente explicable porque gestionan intereses de terceros (el de sus propietarios y el de los depositantes en el caso de las primeras) o el interés económico general, en el segundo caso.
Al parecer, está en marcha una nueva reforma de la ley del deporte en la que se va a estudiar el problema específico de la gestión de los clubes de fútbol. La reforma se lleva en la Comisión parlamentaria de Educación, Política Social y Deporte y cuenta con la decidida colaboración de la Secretaría de Estado para el Deporte. La idea es elaborar un libro blanco en el que puedan participar todos los interesados y en el que se recojan las distintas propuestas. Entre ellas hay quien piensa que debería revisarse si se debe seguir aplicando el modelo de las SAD, y no faltan voces que propugnan la liquidación de esta forma societaria. Si se optara por esta medida, creo que se volvería a cometer otro error. Porque el problema no está en la vestidura social. Ni lo estaba en 1990 ni tampoco lo está hoy. Con esto quiero decir que ni en 1990 las SAD eran la panacea para resolver el endeudamiento endémico del fútbol profesional ni las SAD son las responsables de que el fútbol profesional se haya vuelto a endeudar tan fuertemente. Hasta tal punto es esto cierto que en la cifra de 1.605 millones de euros a que ascendía en el 2007 el endeudamiento de varios clubes figuraban el Real Madrid y el Barcelona, que no son SAD, y entre ellos dos llegan más o menos al 50% de esa cifra.
El problema no está, pues, en la vestidura jurídica, sino en si existe o no verdadera voluntad de afrontar de un vez y con seriedad el espinoso tema del endeudamiento del fútbol. Mientras no exista esta decidida voluntad, los clubes seguirán endeudándose porque conservarán la sensación de impunidad que vienen teniendo hasta ahora. Aunque el problema no es fácil de resolver, entiendo que, si se deseara de verdad poner fin a este descomunal descalabro económico en el que está inmerso el mundo del fútbol, habría que empezar por atajar las causas que lo han provocado. A tal efecto, creo que todos podríamos estar de acuerdo en que el mundo del fútbol no puede gastar más de lo que genera. Todo lo que sea sobrepasar los ingresos que produce esta actividad es caminar hacia el abismo del endeudamiento irreversible. Salvo que se obligue, de verdad, a los responsables de este gasto excedente a hacerse cargo personalmente de él. Pero esto que en teoría parece muy claro no es fácil de conseguir. Y como es muy previsible que los propios clubes no sean capaces de lograrlo no queda otro remedio que establecer controles externos, ajenos a los propios clubes y que tampoco dependieran del poder político.
Autoridad externa
Una buena parte de los problemas económicos de los clubes se resolverían si se instituyera una verdadera autoridad externa de control dotada de poderes sancionadores, siguiendo el modelo de las que ya existen en otros ámbitos del mercado y que vienen funcionando a plena satisfacción, como por ejemplo la que ejerce el Banco de España como autoridad de supervisión y de control de las entidades de crédito. Si se llegara a crear tal autoridad, debería estar integrada por personas capaces, verdaderamente independientes y que mantuviesen la mayor reserva posible sobre el ejercicio de su actividad, a las que habría que someter a un severo régimen de responsabilidad para que no incumpliesen sus obligaciones de control. Aunque no siempre es fácil, la elección de personas capacitadas se lograría si se estableciese un sistema de nombramiento basado en el principio del mérito en el que tuviera la menor participación posible el poder político y sometido a revisión judicial. La independencia estaría asegurada si los nombramientos fuesen por períodos largos, por ejemplo, nueve años, sin posibilidad de reelección. Y en cuanto a la necesaria reserva sobre el desempeño de su función, habría que conseguir, cosa que no debe ser fácil por lo que se ve en otros ámbitos, que no trataran de convertirse en personajes estrella.
Entre tanto, mientras se siga sin controlar a los clubes de fútbol y se les continúe deparando un trato privilegiado y discriminatorio en relación con los otros empresarios, sería conveniente que nuestros políticos y los acreedores acobardados que manejan intereses ajenos, pasaran al menos el apuro de explicar públicamente las razones por las que se resisten a tratar al fútbol profesional como al resto de sus deudores.
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