En alguna junta de accionistas del Deportivo, Lendoiro fue preguntado por las ocupaciones de sus hijos y sus remuneraciones en el club. En su línea habitual, no contestó y se limitó a decir que estaba orgulloso de sus chavales. Ni qué decir tiene que la respuesta no satisfizo a nadie, porque nadie de los presentes en la reunión mostró curiosidad alguna por los sentimientos paternales del presidente del club, que podrán ser mejores o peores, pero siempre irrelevantes a la hora de enjuiciar su labor presidencial.
Desde hace años, Lendoiro ha dado síntomas claros de haber convertido el Deportivo en un chiringuito familiar, en el que hijos y parientes desempeñan labores cuyo servicio al club es cuestionable. No da explicaciones de nada. Ni siquiera acredita la representación de acciones que dice poseer y gracias a lo cual maneja las juntas a su antojo. Actúa más como un dueño absoluto de la entidad que como un empleado privilegiado que ya se ha embolsado más de mil millones de pesetas como presidente. Si a ello se le une el tren de vida que lleva a costa del Deportivo, su coste como ejecutivo es galáctico.
Pero volvamos a la familia. Que Héctor César Marcos, hijo de Lendoiro, tenga una empresa, pertenece al ámbito de su privacidad. Que la actividad de su sociedad se confunda y entrelace con otra del Real Club Deportivo de La Coruña, en la que también desempeña labores de gestión, es otra cosa. Lendoiro debe dar explicaciones sobre a qué se dedican dentro del club sus hijos, cuánto cobran por ello y cuál es el beneficio que obtiene el Deportivo por su trabajo. Porque esta es la clave de todo. El Deportivo es el fin, no el medio. Y sobre esto no debe quedar ninguna duda.
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