En el fútbol, la compra de partidos es un delito castigado con el descenso de categoría de los equipos implicados. Lo grave del asunto es que, cuando esto sucede, los responsables del buen gobierno en el popular deporte no quieren saber nada, miran para otro lado y se niegan a investigar las denuncias pues no vaya a ser que, al final, haya que tomar medidas más allá de los directivos de los clubes y la responsabilidad llegue a los máximos rectores del fútbol español.
La información que saltó ayer en el ámbito futbolístico nacional y que La Voz de Galicia ofreció en las declaraciones de Mario Bermejo, jugador del Xerez, es un tema que surge todas o casi todas las temporadas por estas fechas, cuando unos equipos se juegan ascensos, otros corren peligro de bajar y en un tercer grupo aparecen aquellos a los que el partido de turno no les influye para nada y pueden renunciar (?) a los puntos. Todavía hay otros cuyos jugadores se moverán sobre el campo con más empeño si sienten el empuje de las famosas primas por ganar, comportamiento que a unos le parece legal, otros lo censuran, mientras los directivos no saben y los futbolistas no contestan.
«¿Por qué no se investiga de verdad si se compran los partidos de fútbol?», preguntaba ayer este periódico en un artículo firmado por Fernando Hidalgo. Simple y llanamente, porque no interesa a la federación española. Por cierto que Zapatero dijo, en la última remodelación del Gobierno, que él asumiría la responsabilidad del deporte español. A ver si España, a partir de ahora, toma cartas en el asunto y se actúa como en Francia, enviando al presidente del Olympic de Marsella a la cárcel, o en Italia, donde un equipo tan emblemático como la Juve pagó su delito con el descenso.
Los conocidos arreglos del fútbol en este país (ahora caducados) fueron famosos y partieron, en ocasiones, incluso de la propia selección. Basta con recordar el tantas veces comentado España-Malta (12-1) o el partido del Mundial 82 contra Honduras que la selección española no acertó a ganar (1-1) a pesar de la vergonzosa ayuda de Iturralde, árbitro argentino, que llegó a señalar a favor de España un inexistente penalti fallado, creo recordar, por Satrústegui, y el árbitro mandó repetirlo para que López Ufarte consiguiese el gol del empate.
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