Los clubes seguirán endeudándose si se conserva la sensación de impunidad que tienen hasta ahora
El tema de la estructura jurídica de los clubes de fútbol se ha presentado, desde siempre, con un matiz fuertemente polémico, toda vez que parece haberse establecido una relación entre la vestidura jurídica de los clubes y su situación económica. En efecto, con anterioridad a la vigente Ley del Deporte de 15 de octubre de 1990, los clubes de fútbol eran asociaciones privadas que carecían de ánimo de lucro, tenían por objeto exclusivo fomentar el deporte, los directivos y los socios no respondían personalmente por las deudas del club y, en caso de desaparición, los bienes del club no eran para sus socios, sino para la Administración pública.
Con esta regulación, aunque no solo como consecuencia de ella, el endeudamiento de los clubes de Primera y Segunda División ascendía, en octubre de 1990, a 35.000 millones de pesetas. Para poner fin a esta situación, la citada Ley del Deporte llevó a cabo un plan con el que se pretendía sanear el mundo del fútbol y dotarlo, además, de los instrumentos necesarios para evitar que volviera a caer en una situación de crisis económica como la ocurrida. Así las cosas, lo primero que hay que preguntarse es si nuestro legislador acertó o no al diseñar y ejecutar su plan de saneamiento.
El plan de saneamiento y su resultado
El primer objetivo del plan de saneamiento previsto en la Ley de Deporte era eliminar la deuda que arrastraban los clubes de fútbol. Para ello, se pactó que la patronal de los clubes de fútbol, la Liga de Fútbol Profesional (en adelante, LFP), se hiciera cargo de la deuda ?vamos a llamarla pública? que tenían estos con Hacienda, la Seguridad Social y el Banco Hipotecario (con este último por la remodelación de los estadios para el Mundial de 1982); deuda que la propia LFP iría pagando, tras hacerse con los ingresos que correspondían a los clubes por los contratos de televisión y el porcentaje que recibían de las quinielas, que se incrementó ligeramente con esta finalidad.
Pero con esta sola medida no se pagaban todas las deudas que tenían los clubes de fútbol: quedaba la deuda que podríamos denominar privada, la que tenían con el resto de sus deudores. Por eso, se ideó una segunda medida cuyo objetivo esencial era recapitalizar los clubes. Dicha medida consistió en obligar a todos los clubes a convertirse en sociedades anónimas deportivas (en lo sucesivo, SAD), excepto a cuatro de ellos.
Pues bien, como toda sociedad anónima, cada una de ellas nació con un capital social que fue suscrito íntegramente por los socios mediante aportaciones de dinero, que estaba formado por el 50% de la media de gastos de todos los equipos durante los tres años anteriores y por el importe de los saldos patrimoniales netos negativos reflejados en las auditorías de cada club a 30 de junio de 1991. Con esta composición del capital social se hacía posible que los clubes convertidos en sociedad anónimas deportivas contaran con medios para pagar sus deudas privadas, y que todavía les quedara un fondo de maniobra para los siguientes ejercicios sociales.
El resultado de este plan fue que el mundo del fútbol profesional se saneó y se recapitalizó: las nuevas sociedades anónimas deportivas no solo nacieron sin deudas, sino que en ese momento recibieron de sus socios, a cambio de las acciones, nada menos que 15.262.874.000 de pesetas, que hoy serían 91.731.721 euros.
Por su parte, los cuatro clubes que no se convirtieron en SAD quedaron excluidos de este plan, pero solamente parcialmente: se les aplicó la medida del saneamiento, pero no la de recapitalización. No quedaron totalmente excluidos del plan de saneamiento porque también tenían deuda con los acreedores públicos y, por tanto, se vieron sometidos al plan de pago a través de la LFP previsto en el plan de saneamiento. Pero no se recapitalizaron porque teóricamente no lo necesitaban.
Como desde la temporada 1985-1986 venían teniendo, según sus auditorías, un saldo patrimonial neto de carácter positivo, no tenía mucho sentido obligarlos a convertirse en sociedades anónimas deportivas y, como no se tuvieron que transformar en SAD, nunca llegaron a emitir acciones y tampoco pudieron ingresar el importe de su nominal.
Así pues, al finalizar el plan de saneamiento, los clubes de fútbol de Primera y Segunda División comenzaron su andadura liberados, los que la tuvieran, de tener que pagar la deuda pública; y el conjunto de todos los que se habían convertido en SAD, con unos recursos propios de 15.262.874.000 de pesetas, con los que podían pagar a sus acreedores privados y contar con nuevos medios económicos con los que afrontar los gastos de las nuevas temporadas ligueras.
La SAD y la asociación privada: la doble estructura
A principios de la década de los noventa era muy fácil diagnosticar el estado en el que se encontraba el mundo del fútbol profesional: estaba en la más completa ruina. Lo difícil era encontrar el tratamiento adecuado para esta grave enfermedad. Hay que reconocer que no estaba mal pensado el tratamiento que entonces se diseñó, porque los objetivos necesarios para sanear los clubes de fútbol era básicamente dos: liberarlos de deudas e inyectarles nuevos recursos económicos. Y el plan de saneamiento dio respuesta a esos dos objetivos.
En efecto, el problema del pago de la deuda pública era el más fácil de resolver: había que encargar a un intermediario de los propios clubes, la LFP, que centralizara el cobro de los derechos de retransmisión de las televisiones y del porcentaje de las quinielas y que con estos medios pagara a Hacienda, a la Seguridad Social y al Banco Hipotecario. Pero quedaban por resolver otros dos problemas: el pago de la deuda privada y la recapitalización. A este efecto, lo primero que hizo el legislador fue averiguar si todos los clubes tenían esos problemas. La respuesta fue negativa porque había cuatro clubes que desde la temporada 1985-86 venían reflejando en sus balances auditados un saldo patrimonial neto positivo. Por lo cual, como ya he dicho, estos cuatro clubes, que son Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao y Osasuna, quedaron al margen del tratamiento que previó el legislador, y que había demostrado una gran eficacia en otros ámbitos empresariales, que fue acudir a la figura de la sociedad anónima.
¿Fue acertado este tratamiento? Desde luego, se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que la S.A. es el instrumento jurídico preferido de entre todas las formas societarias para desarrollar las empresas más arriesgadas y costosas. Hasta tal punto es esto cierto que autores de tanto prestigio como los franceses Ripert y Roblot han llegado a decir que «la sociedad anónima es la más perfeccionada en el arsenal de las formas jurídicas asociativas».
Vestidura jurídica
Pero ¿era la vestidura jurídica más adecuada para regir los clubes de fútbol? La doctrina de entonces se orientó en tres direcciones. En un sentido totalmente contrario a la medida, se manifestó el notario Sáenz de Santamaría, para el cual obligar a los clubes a convertirse en sociedades anónimas era «un pernicioso desvarío legislativo, un disparate». En sentido favorable, se pronunciaron autores de tanto prestigio como los profesores Sánchez Calero, Jiménez de Parga y Cazorla Prieto, quienes alegaron a favor de su postura la propia idoneidad de la sociedad anónima como vestidura jurídica para afrontar las empresas más arriesgadas y, por tanto, también el fútbol. Finalmente, el registrador Luis Selva adoptó una postura intermedia al indicar que dudaba de que con la sociedad anónima se arreglaran los problemas. Afirmó, y el tiempo ha demostrado que proféticamente, que «los males denunciados por el legislador eran ciertos, pero la medicina traerá otros males».
En esta misma línea me pronuncié yo entonces. Pero mis dudas no se debían a la idoneidad de la sociedad anónima como vestidura jurídica, porque siempre he pensado que la sociedad anónima es la mejor técnica de organización de personas y de capital que ha ideado el ser humano. El motivo de mi falta de entusiasmo venía provocado porque en aquel momento se presentaba la sociedad anónima como el remedio que iba a acabar definitivamente con los males del fútbol. Y, aunque siempre debe comprenderse el entusiasmo del legislador cuando propone una nueva medida, me parece que confiar en que con solo esta vestidura social se iba a poner fin al endeudamiento del fútbol profesional era una actitud voluntarista carente de las dosis imprescindibles de realismo.
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