Henning Mankell, que vive desde hace 20 años «con un pie en la nieve» de Suecia y «otro en la arena» de África, está asustado por la situación que los inmigrantes chinos están creando en el continente negro y por eso ha escrito El chino , un thriller de denuncia que no protagoniza su detective Wallander. Según explica Mankell en su página web sobre la novela, que acaba de editar en España Tusquets, le asusta ver cómo los chinos se comportan en África con los modos de los nuevos colonizadores.
La idea del libro surgió cuando, hace cinco años, en ese país estalló un escándalo a partir de una donación que había hecho China para enviar su propia mano de obra y el fuerte rumor que corrió acerca de que los asiáticos maltrataban a sus camaradas africanos. Mankell está persuadido de que China ve una forma de mitigar su problema de superpoblación rural de 200 millones de campesinos, que amenazan con hacer su propia «revolución» atacando al Partido Comunista, enviando a los más pobres, «nada menos que cuatro millones», a que cultiven la tierra en África. Esa «forma terrible» de colonización puede constatarse fácilmente, dice el autor, cuando se coge el avión de Johannesburgo (Sudáfrica) a Harare (Zimbabue): todos los pasajeros son chinos.
De la nieve a China
En esta novela, Henning Mankell parte del supuesto de que China se enfrenta a la falta de materias primas y al exceso de población campesina, y para solucionarlo pretende colonizar parte de África.
Pero el libro arranca en el frío polar de un idílico pueblo sueco allá por el año 2006. Diecinueve personas aparecen brutalmente asesinadas y mutiladas. La policía sospecha que el crimen solo puede haberlo cometido un perturbado, pero la jueza Birgitta Roslin, en Helsingborg, que descubre al leer el suceso que entre las víctimas están los padres adoptivos de su madre, August y Britta Andrén, y más tarde que una familia con el mismo apellido ha muerto asesinada en Nevada, tiene otra idea muy diferente. Birgitta Roslin no sabe que todo comenzó en 1860, cuando miles de chinos fueron llevados a EE.?UU. a trabajar como esclavos en el ferrocarril en la costa oeste.
Las consecuencias de aquel tráfico de hombres, encarnada en los descendientes de los hermanos Wu, San y Gou Si, llegan hasta la conflictiva pero poderosa China del siglo XXI, donde cruentas luchas de poder en el seno del Partido Comunista Chino están decidiendo el futuro del país.
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