crónicas coruñesas

Trámites de 1992 para renovar la Millennium


23/09/2016 17:07

Es triste que para obtener una Tarjeta Millennium uno tenga que pedir un día libre en el trabajo, perder toda una mañana y terminar con la sensación de vivir en 1992 en lugar del 2016. Pero ocurre. Lo pude comprobar en carne propia hace unas semanas, compartiendo mi bochorno con el de otros afectados por algo que debería avergonzar a quienes nos (mal)gobiernan, jugando con nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestra paciencia.

Les cuento. Allá por abril extravié la Millennium con unos 20 euros de saldo en ella. Acudí al Fórum Metropolitano para renovarla pero -¡sorpresa!- me dijeron que perdía esos 20 euros y, además, tenía que pagar 7 euros de penalización. Lo segundo lo entiendo. Lo primero, no. ¿El dinero que está en la tarjeta no lo conservo? «No, es una tarjeta monedero y no se puede pasar de una a otra». ¡Pero si soy yo, el mismo titular! «No puede ser».

¡Buff! Opto por esperar unos días. Temo renovarla, encontrar la tarjeta y quedarme con la frustración de haber perdido el dinero. Mientras tanto, uso el bus con la tarifa normal (1,30 euros frente a los 0,85 de la tarjeta), sangrando el bolsillo. Al cabo de una semana decido pasar por el aro, pero -¡vaya!- el Ayuntamiento decide que el Fórum ya no expide tarjetas. La opción más cercana es la estación de buses. Pero el chorreo de noticias sobre colas, problemas técnicos y falta de personal me echan atrás. Trabajo, no dispongo de días libres y no me puedo fumar una mañana así por las buenas.

Sigo apoquinando los 0,45 euros extra en cada viaje de bus. Espero a mis vacaciones, ya en agosto. Me acerco una mañana a la estación. Llego. Cojo número. Espero 35 minutos. Observo a mi alrededor. «Una hora perdida aquí», refunfuña uno. Llega mi momento. Me confirman que, en efecto, me puedo olvidar de los 20 euros que tenía en la tarjeta. Me dan un papel y me dicen que lo lleve al banco, pague allí los 7 euros y vuelva con él. Sí, seguimos en el 2016.

Salgo de la estación y encuentro una sucursal en Ángel Senra. Llena. Hago unos veinte minutos de cola. Llega mi turno. «Eso no se abona aquí, tiene que hacerlo en el lector del cajero». Allá voy. Ya tengo el papeliño cuñado virtualmente. Retorno a la estación. Cojo número de nuevo. El 580. En la pantalla se ve el 561. Otra media hora de espera. Entrego el papeliño. Me dan la tarjeta. ¿No fallará? La mujer dice que a veces pasa. Pero si ocurre que vaya allí que me la cambian por otra, esta vez gratis. Hay un truquito: poner el pulgar sobre el chip. Así falla menos. La apoteosis del despropósito.

Casi dos horas después de llegar me retiro, pensativo. ¿Smart City? ¿Apuesta por el transporte público? ¿Sensibilidad por el ciudadano? Se oyen risas de fondo.

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