Los jóvenes universitarios tienen mil y una formas de divertirse, y está muy bien que la Universidad contribuya a esa diversión, organizando, amparando y promocionando todo tipo de actividades -deportivas, musicales, lúdicas- a lo largo y ancho del curso. Una de ellas es el San Pepe, patrón de los estudiantes de Informática, que se celebró desde la mañana del viernes a la madrugada del sábado en el campus de Elviña. El programa de actos incluía talleres, proyecciones de películas, partidos de fútbol, pimpón y baloncesto, ajedrez, juegos de cartas y conciertos. Pero a nadie se le escapaba que el alcohol también iba a tener su protagonismo, pues había barras para la venta de bebidas con el objetivo de recabar fondos para los viajes de ecuador, y desde primera hora se podía ver a gente subir al campus con bolsas repletas de botellas.
Aunque la organización, formada por alumnos de Informática, manifestó su intención de impedir que nadie entrara con alcohol a las aulas, en cuestión de minutos se formó un tsunami humano armado de bebida que invadió los mismos pupitres en los que el resto del curso se toman apuntes, se hacen exámenes y se imparten magisterios.
Con los precedentes que había, el equipo rector de la universidad tuvo que prever mejor las consecuencias de esta celebración. Quizás no quiso interferir pensando que, si ponía obstáculos, ofrecería una imagen retrógrada de la institución académica. Pero así como las competiciones de rugbi universitario no se celebran en las aulas, y existen instalaciones acondicionadas a tal efecto, la Universidad debió también habilitar un espacio para que las aulas no acabaran como acabaron: convertidas en bares. ¿Por qué permaneció abierta la facultad durante todo el día y para todo el mundo?, ¿por qué, si como dijo ayer el decano, la entrada con alcohol estaba radicalmente prohibida, nadie lo impidió?, ¿por qué nadie autorizado echó un ojo?
El Rectorado, como responsable del campus no puede, ni debe, lavarse las manos por lo sucedido, que pudo ser más grave aún. Tal y como constataron los periodistas de La Voz que cubrieron el San Pepe, entre los miles de personas que participaron en el macrobotellón había muchas que, por su corta edad o por su actitud, no pertenecían a la comunidad universitaria. Resultó a todas luces insuficiente la contratación de siete vigilantes, y tampoco se tomó con la seriedad debida el trasiego de personas por la avenida de la Universidad, donde a las tres y cuarto de la mañana un joven sufrió heridas graves en un atropello. Ni siquiera la integridad de los animadores de la fiesta estuvo garantizada, y un pinchadiscos fue agredido.
En la Universidad, y en la vida, todos los días se aprende algo. Los organizadores del San Pepe fueron o muy inocentes o muy temerarios, aunque finalmente reconocieron que la fiesta no salió según lo previsto, anunciando además que renuncian a organizar más. Lo lógico es que los responsables de la Universidad tomen también nota de lo sucedido. Y no se trata de que se prohíban las celebraciones estudiantiles, sino de velar porque estas se desarrollen con todas las garantías. Por lo demás, actividades descontroladas como la del viernes solo hacen daño a una institución que, inmersa como está en procesos vitales para su futuro, debería cuidar al máximo su imagen.
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