El cine es un espejo, a veces cóncavo, a veces convexo, otras plano, de la realidad. En Estados Unidos, las productoras se han lanzado a retratar uno de los dramas que vive la sociedad americana. Los medios hablan hoy de que el cine se empotra en Irak. Y el éxito de Kathryn Bigelow con En tierra hostil, que narra las vicisitudes de un artificiero en un Bagdad sembrado de bombas, de coches-bomba y de hombres-bomba, ha producido una iraquización de las salas de exhibición de todo el mundo. Bigelow acaba de convertirse en la primera mujer en la historia en ganar un Oscar a la mejor dirección.
Sin ánimo de frivolizar, porque de atascos no se muere casi nadie, los colapsos de tráfico son uno de nuestros Iraks particulares. A la vuelta de la esquina no aguardan talibanes emboscados con kalashnikovs ni saltan por los aires tenderetes de mercadillos ambulantes; se trata simplemente de mareas de coches detenidos por una penosa planificación. Los diseños urbanísticos, muchas veces saltados a la torera, producen daños colaterales notables. No se trata solo del retraso del empleado W en la fábrica X, o de que la trabajadora Y tenga que gastarse la mitad de su sueldo en contratar a la persona Z para que lleve al niño al colegio porque ella tiene que salir una hora antes de casa por culpa de la glorietas de la Grela o de Sabón, o de Alfonso Molina... Son los millones de euros que causa la todavía fallida apuesta por la movilidad; las horas y horas semanales que una persona podría estar produciendo ideas, embutidos, diseños aeronáuticos, novelas, parachoques, churros, camisas, discos, bujías, sofás o tendales, o disfrutar de su tiempo de ocio, en lugar de pasárselas emparedado en el asfalto, vigilando al de delante para que no dé marcha atrás, mirando por el rabillo del ojo para que el de atrás no se le eche encima.
Lo que se veía venir en la Grela estaba contado y cantado. Cuando hace seis años Ikea decidió desembarcar en A Coruña todo el mundo sabía que iba a haber un problema si no se actuaba en consecuencia. De todo ese mundo, había una serie de personas que tenían que tomar decisiones y, por lo visto ahora, cuando menos titubearon. Por fin el pasado viernes, el conselleiro de Territorio, Agustín Hernández, y el alcalde de A Coruña, Javier Losada, comprobaron a pie de obra la que se avecina. Como mal menor, la Xunta ha adoptado una solución a medias, y peligrosamente ajustada a las manecillas del reloj. ¿Por qué se llegó a esta situación? Es cierto que expropiar tiene sus complicaciones jurídicas y técnicas. Quizás no había otro remedio que conceder la licencia a Ikea ante el temor de que la empresa volase a otro lugar. Y como saben en Vigo, a los suecos novias no les faltan. Puede que por ese motivo hubiera que dar los permisos. Pero desde que eso sucedió -la primera piedra se colocó el 5 de febrero del 2009, hace más de un año- hubo tiempo suficiente para que la Xunta y el Ayuntamiento se tiraran, primero, los trastos a la cabeza, y, después, se pusieran manos a la obra para minimizar el efecto de la honda expansiva.
Al revés que en Estados Unidos, donde la invasión de Irak ha provocado un tsunami en el séptimo arte, esta conflagración automovilística no se ha traducido en películas. Quizás sea ya el momento de que una Kathryn Bigelow coruñesa se pase por la glorieta de la Grela o la de Sabón para inmortalizar nuestras pequeñas catástrofes diarias. Quién sabe si un buen día, si es que logra salir sana y salva de tamaño atolladero, no la vemos sobre la alfombra roja. Si es así, al menos nos quedará el consuelo de ser una potencia... en la ficción.
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