Memoria viva de la ciudad, el veterano fotógrafo conserva un nutrido archivo, retrato del último siglo de historia local
Un hombre de marcadas arrugas sobre su cara sorbe una humeante cucharada de sopa. La imagen desprende un frío glacial apaciguado por el calor del caldo. Derrocha miseria y, a la vez, esperanza. El hombre de los profundos surcos en la cara es un mendigo, el escenario, la cocina económica. Y la imagen está firmada por Alberto Martí, el cronista gráfico por antonomasia de la ciudad de A Coruña en su último siglo de historia. «De las mías, es mi foto favorita», afirma sin atisbo de duda. Al margen de la rotunda expresividad de la instantánea, tomada en 1950, Martí está unido a esta imagen por cuestiones que trascienden lo netamente fotográfico: «Desde hace años soy miembro de la directiva de esta institución que tanto bien ha hecho por quienes más lo necesitaban en esta ciudad». Y si lo afirma Martí, será cierto.
Él es, al fin y al cabo, el testigo de todo cuanto ha sucedido en A Coruña desde que cogiese, cuando tan solo contaba con quince años, su primera cámara. «Empecé trabajando a los doce como chico de los recados para don Ángel Blanco Villar, fundador de Foto Blanco. Y desde entonces puede decirse que no he parado. Creo que puedo asegurar que soy una de las personas que más ha trabajado de España», afirma.
Pero sí que hubo un parón en su carrera. Un momento crucial que le obligó a tomarse las cosas con más calma, ir abandonando la fotografía activa y los negocios para centrarse en labores más pausadas, como la conservación de su infinito archivo documental. Ese punto de inflexión tuvo lugar en 1982: «Fue en la entrada a la ciudad por Casablanca, a la altura de la Renault. Un coche embistió mi vehículo a gran velocidad. El resultado: 33 fracturas y un estallido de cráneo. Creo que tengo el récord del Canalejo, donde me llamaban el señor roto». De aquel accidente le queda una cicatriz en la ceja izquierda, una pronunciada cojera que amortigua con un bastón y un sinfín de espeluznantes radiografías en las que puede comprobarse que lleva toda una ferretería dentro del esqueleto.
Desde las azoteas
Sus nuevas condiciones físicas le obligaron a relajar su ritmo de vida y de trabajo: «Estaba acostumbrado a trabajar sin parar, y el accidente cambió radicalmente mi vida. Estuve una buena temporada en silla de ruedas. Yo, que era como un gato, que me subía a cualquier lado para tener una buena perspectiva». De hecho, Martí presume de conocerse una buena parte de las azoteas de A Coruña: «El día de la manifestación de la capitalidad me subí al tejado de Ayuntamiento con la cámara y me tumbé para sacar a aquella enorme multitud en María Pita. Alguien debió de creer que era un francotirador, porque subieron los servicios de seguridad rápidamente», recuerda divertido. Era una ciudad distinta, en la que los portales permanecían abiertos para que el reportero gráfico pudiese acceder a ellos y dar testimonio de lo acontecido: «Sí que tengo que estar muy agradecido a todos los coruñeses. Siempre me facilitaron el trabajo y jamás tuve problemas para subir a una azotea, a una grúa del puerto para sacar una panorámica... Será que me veían con ánimo de trabajar», deduce mientras presume de haber llevado una existencia emocionante, pero tranquila: «Yo soy un hombre de acción, aunque puedo asegurar que jamás me he peleado con nadie».
Martí goza de una memoria prodigiosa que le permite recitar de carrerilla el listado de directores del puerto de A Coruña de los últimos setenta años o jalonar la conversación con infinitas anécdotas propias o de otros ilustres coruñeses con los que tuvo relación: «Conocía a toda la gente y toda la gente me conocía a mi. Todos los alcaldes, gobernadores y presidentes de la Diputación me honraron con su amistad. Recuerdo a un sinfín de personas que han desaparecido: los barquilleros, churreros, limpiabotas, faroleros, los vendedores de periódicos descalzos... O Paca, la que vendía nécoras con una cesta en su cabeza mientras pregonaba la mercancía a voz en grito. Todo eso desapareció y yo lo recuerdo todo», rememora emocionado.
Del inabarcable tesoro que ahora custodia e intenta ordenar tienen buena muestra los lectores de La Voz día tras día en la sección Tal como éramos. Es el testimonio de quien retrató como nadie una época y un lugar concreto, A Coruña, ciudad que conoce y domina como pocos y de la que Martí asegura que «su paisaje, sus rincones, sus gentes, son toda mi vida».
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