Matogrande fomenta el aparcamiento en esquina por falta de sitio para los coches

A CORUÑA CIUDAD

Los sufridos conductores de Matogrande quizá estén a punto de descubrir un nuevo sistema de aparcamiento que no es ni en batería, ni en línea sino algo que podría llamarse en esquina. Y es que a lo largo del día, y en ocasiones también de la noche (especialmente los fines de semana), es posible ver a los vehículos estacionados en prácticamente todas las esquinas de las calles de este barrio.

En horas punta, como las comprendidas entre la una y las tres de la tarde, se pueden encontrar hasta dos automóviles a la vez en cada esquina. Es algo difícil de ver en otros barrios de la ciudad, y menos en el centro de la misma, pero ya se sabe que la necesidad aguza el ingenio y en este caso los conductores de Matogrande están más que desesperados por la carencia de lugares de estacionamiento.

Y no sólo los conductores sino también los vecinos del barrio están hartos y algunos de ellos sostienen que hay días en los que el primer sonido que les llega por la mañana no es el del despertador sino el de los bocinazos de los automovilistas atrapados por otro coche en doble fila o aparcado en la salida del aparcamiento.

Esta misma semana, el martes a la una y media de la tarde, era posible ver en el cruce de las calles Luis Quintas Goyanes con Luciano Yordi dos vehículos en cada esquina y otros dos sobre el paso de peatones. Lo cierto es que la curiosa forma de estacionar no impide la salida de ninguno de los coches y además permite a otros automovilistas transitar por la calle, aunque sea esquivando a los infractores.

Ante esta situación, la presencia de coches en doble fila es ya casi anecdótica y nadie parece inmutarse porque a la una y media de la tarde toda la calle Enrique Mariñas tenga una hilera de vehículos aparcados en batería y a su lado otra en línea, pero en doble fila.

«¡Qué viene la grúa!»

Otro hecho habitual es que los clientes de cualquier establecimiento hostelero de la zona escuchen, mientras toman su consumición, el grito de advertencia del camarero: «¡La grúa; está por ahí la grúa! ¿Alguién tiene el coche en doble fila?». Y es que, cansados de dar vueltas, hay conductores que optan por dejar su coche delante del local y hacer la gestión que sea, incluyendo en este término desde el aperitivo hasta la cañita a la salida del trabajo. En esto no hay distinciones, y hasta es posible ver un vehículo de servicio de los bomberos coruñeses detenido, unos breves minutos en una esquina -¡cómo no!-, mientras despachan al conductor algo para comer durante la guardia.

El espacio destinado a las paradas de los autobuses, como la situada en la calle Juan Díaz Porlier, sirve también como aparcamiento normal, quizá pensando que los pasajeros ya tienen un banco en el que sentarse bajo el soportal de la zona. Allí sentado, un jubilado observa como no sólo las líneas amarillas que delimitan el espacio dedicado a la parada se han cubierto de coches, sino que otros cuatro vehículos están en doble fila, con una mujer hablando por teléfono en el interior de uno de ellos y los otros tres conductores «haciendo gestiones por la zona», argumentan para justificar la infracción.

En esos momentos llega un autobús escolar cuyo conductor mide cada centímetro para poder superar la doble fila, tras dejar a un grupo de escolares en la que debería ser la parada . Lo cierto es que el busero ni se inmuta ante la situación y por el gesto que pone ya se ve que está más que acostumbrado a encontrarse en este trance o en otros peores.

Al lado del centro de salud, las escasas plazas están más que cubiertas y el movimiento de los vehículos allí estacionados es mínimo, para desesperación de algunos conductores que pasan por delante con la esperanza de encontrar un lugar donde poder abandonar su vehículo.

Los padres de los escolares que van saliendo del colegio Liceo y sobre todo de la guardería también han sumado unos cuantos vehículos que van colapsando en pocos minutos las calles del entorno. El caos no dura mucho y poco a poco la aglomeración se va disolviendo, después de algunos bocinazos y de unos cuantos gestos de hastío de las conductoras mientras esperan la salida de los coches. Es el atasco diario, al que parecen habituadas.