Cuando un señor mayor, o sea bastante mayor, está sentado en una sala oscura, viendo una película de dibujos animados que un niño de diez años consideraría demasiado infantil, y está solo, sin la tranquilizadora coartada que otorga la compañía de un sobrinito, ese señor o bien es raro o es un crítico de cine. Y con mucha probabilidad, podría ser las dos cosas. Pero si la película es Campanilla y el gran rescate el espécimen resulta inclasificable.
El que escribe ha entrado con mucha dignidad a la sala, sin mirar a madres, padres, abuelas y niños, pensando, absorto, en aquel día que, en pantalón corto aún, descubrió a Campanilla, justo después de colgarse de Elke Sommers en Sigan a esa rubia y de Brigitte Bardot en Adorable idiota . Entonces, enamorarse de un dibujo no era una perversión, más bien un acto de ternura. Aunque Campanilla fuera para un niño imberbe lo que para los adultos peludos suponía la Fay Wray de King Kong . El amor que cabía en un bolsillo.
Se apagan las luces y ya revolotea Campanilla. Es la misma de la película primigenia de los años cincuenta, retocada por los nuevos tiempos. Grandes ojos azules, nariz chatita, orejas puntiagudas, labios finos y escarlatas, flequillo dorado, moño de baile de graduación ceñido por una rama a la que no le falta espina, vestidito breve de hojas tiernas y verdes, alas traslúcidas como encaje y hablar de cascabel. A su alrededor las abejas liban, los elfos trabajan, las hadas tejen y a uno le entran unas contagiosas ganas de corretear por el campo. Como se ve, ese tipo que está solo en la sala oscura es, definitivamente, sospechoso.
Esta Campanilla que llega ahora a las salas pertenece a una serie que la ya muy cascada casa animada explota ahora bajo la franquicia Disney Fairies, que no significa que los de Burbank vendan lavavajillas sino que facturan cuentos de hadas.
A España llegaron en deuvedé las dos películas anteriores con las andanzas de la pequeña rubia y esta es la tercera de cuatro y la primera que vemos en cine. Su factura es irreprochable y el argumento, de una corrección que dejará a los papás más serios muy satisfechos. Campanilla, sin la compañía de Peter Pan, Wendy, Garfio o los otros personajes ideados por Barrie, conoce a una niñita solitaria que acaba convenciendo a su progenitor científico de que las hadas existen. Ejemplar.
Hay una secuencia con padre e hija volando gracias a los polvos mágicos de Campanilla, con perdón, sobre las agujas del Big Ben que evoca al Peter Pan animado original, también un gato gordo marca Disney que sustituye a la perra Nana y un mensaje final de catequesis pura: «No hay que comprender, solo hay que creer». Vaya.
«Campanilla y el gran rescate». (Tinker Bell and the Freat Fairy Rescue). Director: Bradley Raymond. Animación. 78 minutos.