Un cambio hacia la integración


19/10/2016 05:00

Cuando hablamos de la integración de personas en riesgo de exclusión social, no hay soluciones mágicas, ni fáciles o rápidas. Pero sí pequeños pasos que se pueden dar para frenar la marginalidad, el fracaso escolar, las familias desestructuradas, las drogas o la violencia.

La clave está no solo en poner atención a los factores de riesgo en cada familia y ofrecerles alternativas. Está en prestar atención a los propios recursos de la persona y sus factores de protección: aquellas habilidades y capacidades que ya poseen pero que suelen estar ocultas detrás de historias de familias rotas, de la violencia, del rechazo? Y enseñando otra forma de vivir, diferente a su contexto.

Hablo de un trabajo multidisciplinar a través de un programa de prevención e intervención directa con las familias, ayudándoles a desarrollar nuevas habilidades, competencias y fortalezas. Conectando a profesionales de diferentes ámbitos: psicólogos, educadores sociales, trabajadores sociales; con profesores y orientadores, monitores de actividades, talleres formativos o de preparación para el mundo laboral.

Un programa completo (y complejo) para fomentar en las familias el cambio hacia la resiliencia, capacidad para afrontar con éxito las adversidades, en vez de la indefensión aprendida. Indefensión que ocurre cuando una persona que ha sufrido fracasos continuos cree imposible modificar ya su realidad, y que finalmente asume que no hay otra opción. Pudiendo pensar: «Si es así y da igual lo que haga, ¿para qué intentarlo?».

Con este cambio hacia la resiliencia se van potenciando y adquiriendo habilidades para adaptarse adecuadamente, mejorando la comunicación familiar, la toma de decisiones o la capacidad para establecer planes personales a largo plazo. Así como la educación en valores, igualdad de género, la crianza, la inteligencia emocional, resolución de conflictos...

El rechazo social también es un factor clave del cambio y que no debemos olvidar, ofreciendo actividades que permitan conectar a las personas con su entorno, que les ayuden a ver y vivir otras realidades diferentes a su día a día. Cambiando así poco a poco las expectativas sobre su futuro y generando nuevas posibilidades de cambio.

Porque vemos a un niño, joven o adulto y tendemos a destacar su violencia, pero detrás suele haber un niño cuyas necesidades no fueron o no son atendidas, sin apoyos, sin recursos y cuya única salida (aparente), era lo que conocía de su entorno y que piensa: «¿Por qué comportarme de otra forma si nada va a cambiar?».

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