Castañas con mucha marcha


30/11/2016 05:15

Hay algo de romántico y folclórico en los puestos de castañas asadas. De niña, cuando el frío llegaba a las calles de Compostela, siempre había una máquina de tren humeante que envolvía el aire a su alrededor con un aroma casi hipnótico, dulce y cálido, como la llamada del magosto. Con los años, llegué a conocer algo más de la historia de ese castañero que desde los 14 años volvía, cada invierno a Porta Faxeira, para que no faltase esa estampa y, en verano, con su carrito de helados. Echaba una en falta en Barbanza una figura así, la que para muchos es la imagen más tradicional de las Navidades, al margen de los adornos y luces multicolores.

Encontré mucho castañero itinerante, que vende el género hoy aquí y mañana allí. Conocí alguna historia de necesidad, de vendedores que hicieron de las castañas asadas su balsa para salir a flote en una época complicada, aunque fuera sobre una parrilla montada de mala manera. Hasta que, finalmente, se cruzó de nuevo en mi camino una versión noiesa de aquella imagen de la infancia.

Se le oía a manzanas. Con la música a todo trapo y un repertorio propio del último pase de la orquesta en las fiestas del verano estaba él, un señor de avanzada edad y castañas con mucha marcha. Llevaba, nos contó, en esa misma esquina desde el año 1982 con su puesto, al que acabó incorporándole un plástico transparente para resguardarse, y resguardar también su medio de sustento, de la lluvia.

Amable y parlanchín, le daba coba a un vecino notablemente afectado por el alcohol que decidió hacer una parada en su camino, al calor del puesto de castañas. Cogimos un cucurucho de 2 euros y salimos con un buen puñado de cacahuetes fritos de regalo «da miña colleita, probádeos que hanvos gustar», dijo. Fueron dos puñados que metió casi a la fuerza cuando le dejamos unas vueltas de propina a aquel hombre que, con sus temas de reguetón y de metal-folk de fondo, hacía frente al invierno con una sonrisa perenne en la cara, ya curtida por el frío.

«¿Y dé que vive en verano?», le preguntamos. «Das cereixas», indicó. Nos quedamos con ganas de saber más, de conocer la historia que hay tras ese vendedor de castañas de talante afable y oído tocado, a tenor del volumen de la música. «¡Menuda festa tes aquí montada!», le dijo uno al pasar. «¡Eu sempre!», le respondió animoso. Y, qué quieren que les diga, en un momento en el que hasta el sonido del afilador ya suena pregrabado por un megáfono y cada vez cuesta más encontrar a un pujador en las lonjas como los de antaño, capaz de cantar los precios más rápido que el presentador de Pasapalabra, se agradece un poco de melodía acompañando a una estampa tradicional.

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