Los políticos son el tercer asunto que preocupa a los españoles, más que la inmigración o el terrorismo, por detrás del paro y la economía. A este paso, con la percepción que los ciudadanos tienen de ellos, llevará en breve a identificarlos con una plaga bíblica. O una maldición gitana si lo prefieren. Y aunque todos, de boca para fuera, dicen sentirse preocupados por esa opinión, día a día perseveran como hormiguitas en su acopio de desatinos, incongruencias, demagogias, falsedades y aprovechamientos personales. Hasta el punto de que cuando oyes hablar a algún profesional del propio ombligo -sea a nivel municipal, autonómico o nacional- te entran unas arcadas del copón de la baraja. Habrá que ir pensando en dotar las aldeas, pueblos y ciudades con un vomitorum donde descargar nuestros más internos sentimientos hacia ellos, a modo de firmas en un manifiesto vital.
Para ilustrarnos, qué mejor que echar un vistazo a nuestra realidad más cercana. Porque si estos días hablábamos de la tragicomedia de la escollera de Noia, no le niega pares el vodevil de la depuradora de Ribeira que, como en el primer caso, ha ido tantas veces de izquierda a derecha, adelante y atrás, un dos tres, que más parece la Yenka que una necesidad apremiante de la ciudad y de la ría. Iguales movimientos que los experimentados por el plan parcial de Cabo de Cruz (Boiro), donde al final, después de toda la polvareda levantada, hay un lavado de manos -al puro estilo Pilatos- por parte del concello, dejando en manos de los vecinos la decisión de seguir adelante o no ¡Que para ese viaje no eran menester alforjas!
Pero de temer también son los ciudadanos que aupados en un cargo o sustentando al que lo ocupa, manejan el interés colectivo desde sus necesidades personales, con un caso claro en la historia reciente de Boiro. Sin duda el rechazo promovido hacia el proyecto de instalación de una gran área comercial, impulsada por la empresa LyC en Espiñeira, responde a esos cánones. Ahora que vemos que no se le puede poner puertas al campo, cuando se anuncia su instalación en el polígono industrial y comercial de Rianxo, podemos ya concluir que no es habitual que tan pocos provoquen tanto daño a un pueblo. Triunfó una interesada visión aderezada de demagogia, con la pasividad del gobierno municipal y la inhibición de la mayoría, que incluso se llevó por delante una directiva de la asociación de empresarios. Un affaire que hasta tuvo su punto chusco cuando se habló de bolsas, que todos supusimos no eran las de la compra.
O aquellos que desde sus empresas intentan hacernos ver, oler en este caso, lo que no hay. Porque no voy a ser yo la que dude de los esfuerzos de Calizas Marinas para solucionar los graves problemas de su factoría. Pero tampoco ellos deberían decir que solucionaron los malos olores con el termorreactor de un millón de euros. Días antes de su cierre, cuando tenía actividad, había el irresistible olor de siempre que pudieron percibir cientos de ciudadanos. Eso sin hablar del polvillo que emanaba de la instalación. Negar la evidencia hace desconfiar de la empresa y que no se crean sus buenas intenciones. En todos los casos expuestos falta tanta claridad como sentido común.
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