El cura de Lampón y Posmarcos tiene claro que entre sus funciones está la de escuchar y ayudar a sus fieles
Está actualmente al frente de las parroquias de Lampón (Boiro) y San Isidoro de Posmarcos (A Pobra), pero Marcelino Sánchez no es un cura a la antigua usanza. Se nota que le apasiona su profesión, pero no es raro verlo en reuniones y fiestas vecinales, como invitado e incluso como organizador. Y es que él no entiende su labor eclesiástica sin el trato directo con los feligreses.
Sobre el inicio de su relación con la Iglesia, Marcelino recuerda que, como la mayoría de los chiquillos de su época, siempre asistió a la catequesis y a los oficios religiosos, aunque reconoce que siempre estuvo muy ligado a la parroquia de Santa Baia, la que le correspondía como residente en el núcleo de A Boliña. Fue precisamente el sacerdote que estaba al frente de este templo, Paco Pena, el que lo animó a ser cura: «Corría o ano 1987 e eu estudara bacharelato e COU, e el expúxome a posibilidade de ir ao seminario. Como a min me gustaba a vida dos curas, decidín probar».
Probó, se quedó y no tardó en ejercer. De hecho, cuando solo llevaba tres años en el seminario, Sánchez ya compaginaba sus estudios de Filosofía y Teología con la parroquia de Palmeira, donde ejercía de ayudante. En este templo fue donde se estrenó como párroco, para iniciar después una ruta que lo llevó a Cambados, Moaña y Vilaboa. Pero, a diferencia de lo que le ocurre a otros sacerdotes que se pasan media vida peregrinando, el boirense regresó a su tierra natal en el 2002: «Nunca se me pasou pola imaxinación que ía vir para o lugar no que nacín, en parte por aquilo que di o Evanxelio de que ninguén é profeta na súa terra».
Futuro incierto
Pese a que Marcelino reconoce que está contento y feliz en Lampón, asegura que sigue estando a disposición del Arzobispado y dispuesto a iniciar una nueva andadura: «Son lixeiro de equipaxe. Non cabe dúbida de que un se encariña coa xente coa que convive, pero estou aberto a todas as posibilidades».
Eso sí, abandonar la parroquia de Lampón le costaría mucho, puesto que en ella ha encontrado a un buen número de vecinos, feligreses y amigos: «Teño a sorte de estar nun lugar moi relixioso. En Lampón tócase a campá e a igrexa está chea ao momento».
Aunque el catolicismo no atraviesa uno de sus mejores momentos, Sánchez asegura que no utiliza un método especial para atraer a los fieles, señala que el secreto está en escucharlos: «Un non pode ser alleo aos problemas dos fregueses, senón que ten que estar aí cando o necesitan ou cando veñen a pedir consello, xa que hoxe en día a vida das persoas é moi complicada».
Cuando se despoja de los hábitos, Marcelino se convierte en un boirense más, al que es fácil encontrar participando en muy diversas actividades. Sostiene que siempre se implica en aquello que le plantean: «O sacerdote non é unha illa no medio da parroquia, é un veciño máis. O que engrandece a un pobo é a existencia de boa relación entre o cura e os fregueses, por iso eu sempre animo aos fieis a que estean unidos e a que remen todos na mesma dirección».
En grata compañía
Marcelino Sánchez no duda en reconocer que es precisamente la buena relación que siempre ha mantenido con sus feligreses la que le ha evitado comprobar la parte más negativa que a su entender tiene la profesión de sacerdote: «Hai moitos que sofren o problema da soidade. Eu tiven sempre a sorte de estar en parroquias moi poboadas e ter moito contacto cos veciños, por iso nunca me enfrontei a esta cuestión. De feito, son tan feliz que se mil veces nacera, mil veces volvería a ser cura».
Asegura que, por lo menos de momento, a él no le afecta, pero el boirense no es ajeno a la reducción de católicos practicantes que se registra a nivel general: «A Igrexa ten unha historia de dous mil anos e en todo este tempo houbo épocas de luces e de sombras, pero hai que adaptarse aos tempos». Él no se queja de la afluencia que tienen sus oficios, aunque es consciente de que, sobre todo la juventud, prefiere dedicar los fines de semanas a otras actividades de carácter ocioso: «Os tempos cambiaron, cando eu era mozo tiñamos que estar na casa ás once da noite, pero hoxe en día non saen ata as doce ou unha e recóllense case pola mañá. Claro está que despois non teñen forza de vontade para levantarse para a misa das once».
Sobre este y otros muchos temas que le afectan, Marcelino reflexiona en sus rincones preferidos. Asegura que son muchos, puesto que «a xeografía de Barbanza é moi rica niso», e incluso le es difícil quedarse con uno. Tras darle varias vuelas, se decanta por el atrio de la iglesia de Lampón. La ubicación y el significado que tiene este escenario para la parroquia son los argumentos que esgrime el párroco a la hora de explicar su decisión: «Ofrece unhas vistas preciosas da ría de Arousa e tamén é un lugar de encontro entre os veciños». Al boirense también le gusta contemplar la inmensidad de la ría arousana desde el monte A Curota.
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