Como por un milagro, hace unos días que la base de datos correspondiente a los documentos de identidad españoles dio una coincidencia con las huellas que allá por el año 1988 se habían tomado a un cadáver sin identificación alguna después de ser arrollado por el expreso Rías Altas a su paso por Santiago.
Fue entonces cuando la familia de Óscar Ortega, que había desaparecido de su casa de Castelldefels (Barcelona), veinte años atrás, supo que el cuerpo de su pariente descansaba en el cementerio de Boisaca. En 1988, la policía había cruzado las huellas dactilares del cadáver con todas las bases de datos conocidas, y no había coincidencia ni dentro de España ni en el extranjero. ¿El problema? Los registros consultados hasta hace unos diez años correspondían tan solo a personas que habían sido detenidas y fichadas por las fuerzas del orden, tal y como confirmaban desde el anatómico forense.
Por su parte, fuentes familiares quisieron ayer salir al paso de las especulaciones que en su día se hicieron tras la muerte del joven. Se llegó a barajar la hipótesis de que Óscar Ortega, del que por entonces se desconocía su identidad, padecía una minusvalía psíquica. La aparición de unos círculos concéntricos realizados con guijarros en las inmediaciones del lugar del suceso se llegó a atribuir a ejercicios de psicomotricidad realizados por discapacitados. Los parientes de Óscar Ortega dejaron claro que el muchacho no padecía ninguna minusvalía.
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